Introducción
Este artículo sostiene la tesis de que la transición hacia un orden mundial multipolar exige incorporar la inteligencia emocional (IE) como competencia estratégica en la formación militar, dado que constituye una herramienta clave para gestionar las nuevas amenazas a la seguridad humana. La pregunta de investigación que orienta el presente trabajo es: ¿de qué manera el nuevo orden mundial del siglo XXI y sus implicaciones para la seguridad humana demandan la integración de la inteligencia emocional en la formación militar contemporánea? Para responderla, el artículo se estructura en tres apartados principales. El primero analiza la evolución y fundamentación epistemológica del concepto de orden mundial y su vinculación con la seguridad humana.
El segundo examina los modelos teóricos de la inteligencia emocional y su relevancia para el liderazgo y la seguridad en contextos militares. El tercero aborda la formación de capital humano, las metodologías activas y las competencias socioemocionales como respuesta institucional a los desafíos del orden global contemporáneo. Para Herd (2012) las potencias en ascenso son producto de consecuencias estratégicas y abordadas por las relaciones internacionales, donde los paradigmas son marcos conceptuales que reflejan escenarios complejos y permiten identificar un mejor contexto estratégico, describiendo quiénes son los actores que aspiran a mantener el statu quo a nivel global. En consecuencia, el siglo XXI trae consigo el escenario de un nuevo orden mundial con cambios geopolíticos, presentando potencias emergentes y nuevas amenazas que transforman los alcances conocidos en el ámbito de la seguridad.
En este marco, el cambio climático, aun en proceso de estudio, sigue siendo un fenómeno de impacto creciente; sus efectos (desastres naturales, pandemias, crisis migratoria, ciberamenazas, hambrunas y conflictos armados) inciden directamente sobre la seguridad humana. La globalización y los avances tecnológicos han llevado a los actores de la comunidad internacional a percibir la seguridad desde una perspectiva que trasciende la protección del espacio geográfico y abarca las dimensiones sociales, económicas y ambientales.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) promueve el desarrollo humano sostenible, colocando las mejoras en la calidad de vida de las personas en el centro de su misión. El PNUD (1994) define el concepto de seguridad humana como una herramienta analítica vigente que describe una visión integral de protección y empoderamiento para enfrentar amenazas complejas de carácter sanitario, económico y político, en la que la seguridad nacional se articula con las capacidades institucionales, humanas y materiales de los Estados para responder a los desafíos del siglo XXI.
De ahí, la importancia de entender como las competencias emocionales o habilidades blandas que se utilizan para desarrollar la inteligencia emocional (IE), pueden ser de tanta utilidad en el nuevo orden mundial del siglo XXI y que impacta de forma directa a la seguridad humana en la formación militar, las cuales sirven de soporte para el manejo de los diferentes ámbitos profesionales en la actualidad, ya que actúan de forma transversal por medio al liderazgo, gestión de crisis y toma de decisiones. Salovey & Mayer (1990) y Goleman (1995) definen la IE como la capacidad de reconocer, comprender y gestionar las propias emociones, así como las de los demás.
Hoy día, al hablar o escribir sobre inteligencia emocional es necesario resaltar que Goleman (1995) popularizó el término y resalta un modelo mixto de IE, donde las habilidades blandas resultan fundamentales para el ejercicio de liderazgo en las organizaciones y mejor desempeño del personal. No obstante, asume que las competencias emocionales, a diferencia del coeficiente intelectual (CI), pueden ser aprendidas y desarrolladas, siendo responsables de hasta el 90% del liderazgo efectivo en organizaciones de alto rendimiento. Por lo que, la seguridad humana en la formación militar requiere de competencias emocionales para lograrlo, dada la complejidad en coordinar equipos multidisciplinarios y gestionar situaciones de alto riesgo.
En ese sentido, Bar-On (2006) también aborda la inteligencia emocional y la destaca como un conjunto de capacidades no cognitivas, competencias y destrezas que influyen en la habilidad para afrontar exitosamente las presiones ambientales, propuso un modelo estructurado en cinco áreas (intrapersonal, interpersonal, adaptabilidad, manejo del estrés y estado de ánimo general). Además, no se puede dejar de mencionar a Gardner (1983) quien es uno de los pioneros y a través de su modelo sentaron las bases para la teoría de las inteligencias múltiples, particularmente la inteligencia intrapersonal e interpersonal, consideradas precursoras directas del constructo de IE.
No obstante, las Fuerzas Armadas, por su propia naturaleza, experimentan un constante cambio, evolucionando desde modelos puramente autoritarios hacia enfoques de liderazgo transformacional que requieren de comandantes capaces de motivar y comprender las necesidades emocionales de su personal, en procura de un mayor rendimiento, actuando de forma oportuna en situaciones de alto estrés (Bass & Riggio, 2006). En este contexto, habilidades blandas como el autocontrol, la empatía y la comunicación asertiva resultan fundamentales para cohesionar equipos de trabajo y promover la toma de decisiones éticas; por ello, la formación de oficiales con inteligencia emocional desarrollada constituye una inversión estratégica para la seguridad y la defensa nacional.
Desarrollo
Orden internacional y orden mundial
Occidente está observando como la evolución del Sistema Internacional nos sitúa en una erosión irreversible del Orden Internacional Liberal Multilateral tal como lo conocíamos, y como EEUU y sus aliados occidentales construyeron y sostuvieron desde no solo la Segunda Guerra Mundial, inspirados ya en los proyectos del presidente Woodrow Wilson desde la Primera Guerra Mundial. Esta trasformación no se ha producido en los últimos años, sino que lleva una década desarrollándose, aunque en última instancia se ha reconocido tras la invasión rusa de Ucrania en 2022.
El profesor de Relaciones Internacionales de la Escuela Inglesa Hedley Bull, definía ese Orden Internacional Liberal a través de dos conceptos:
«Orden internacional»: un patrón de actividad que sustenta los objetivos elementales o primarios de la sociedad de estados, o sociedad internacional. Estos objetivos incluyen la preservación del sistema de estados, la soberanía estatal como principio, la paz general entre estados, y las limitaciones a la violencia para proteger las reglas de propiedad.
«Orden mundial» significa los regímenes de valores, morales y derechos que se extienden a toda la humanidad e infunden al orden internacional un sentido de justicia y propósito. Connota el complejo de derecho internacional y economía liberal occidental que actualmente está institucionalizado a través de organizaciones internacionales, como las Naciones Unidas (Bull, 1977:16-20).
Occidente en general se encuentran ante una revolución en los asuntos estratégicos que ataca la definición y estructura establecidas por Bull. EL problema ontológico de este marco general es que se había identificado al Sistema Internacional con su estructura, esto es, con el Orden Liberal. Este espejismo se ha roto debido al despliegue por parte de Rusia, y sobre todo de la República Popular de China, de un entorno estratégico que desarrolla el concepto de “Guerra Ilimitada” definida como “el uso de todos los medios, incluidas las fuerzas armadas o no armadas, militares y no militares, y medios letales y no letales para obligar a un enemigo a aceptar sus intereses” (URW, 1999).
Ha habido una muy lenta reacción a lo que lleva significando una serie de modificaciones en el sistema internacional producida sobre todo por la ruptura del consenso en el orden liberal y el profundo cambio en la distribución de capacidades. Además, y de forma consciente y clara, algunos actores en el sistema han actuado claramente en contra de la ruptura del statu quo. Esto inflige un duro revés a los postulados teóricos y prácticos principales, en lo referente a la teoría de las Relaciones Internacionales, mantenidos tras el fin de la Guerra Fría. Así, la evolución necesaria del concepto de Seguridad y de los Estudios de Seguridad es básicamente un debate consecuencia de la evolución y cambio de las Relaciones Internacionales.
Hubo intentos de acercar o crear puentes relativamente exitosos en cuanto a una mayor búsqueda de mecanismos prospectivos mixtos, en términos de consenso teórico, que en los Estudios de Seguridad intentaban dar solución a problemáticas teóricos que las teorías mainstream post-Guerra Fría como la de Copenhague, no acababan de poder solucionar. Por ejemplo, la Escuela Inglesa, y en concreto las aproximaciones teóricas de Barry Buzan y Ole Waever tras su obra Regions and Order (Buzan and Waever, 2003), y la creación de conceptos como el complejo regional de seguridad (Regional Security Complex) que aúnan aproximaciones realistas y constructivistas. Sin embargo, la dinámica acelerada de cambio del orden internacional obliga a una revisión profunda de la disciplina y se mantienen muy debatibles posturas, incluso a veces más por el ámbito académico que por el político.
Además, más que nunca, existiría la necesidad de aproximaciones teóricas verdaderamente prospectivas en la realidad internacional, y no solo descriptivas, y muchas veces sólo ocupadas de su refino, congruencia y consistencia teórica, y en algunos, casos solo ideológica. Muchas veces estas situaciones responden a una salvaguarda de las posturas mainstream que sirven a ciertas concepciones, narrativas y en última instancia a visiones determinadas en Europa en general. Eso no quiere decir que no se deba de buscar la consistencia teórica como unos de los fines científicos básicos, pero no a costa de la desconexión de la realidad cambiante.
Un ejemplo básico de esta problemática es la reacción a la dinámica de cambios en el sistema internacional. La pandemia del SARS-COV-2 proveniente de Wuhan deviene en un detonante de toda una serie de análisis sobre su impacto sistémico y los cambios que esto iba a producir en el orden internacional: desde el declive definitivo del Orden Liberal Multilateral hacia un modelo más autoritario y proteccionista; el fin de Occidente (Westnessless) y de EEUU como superpotencia; el ascenso de la RPC como nuevo líder mundial (Mearsheimer, 2021) con Asia como nuevo centro político, económico y militar (the Rise of the Rest). Mientras, una revolución tecnológica sigue sin pausa cambiando los cimientos de la estructura del sistema internacional en términos de actores, capacidades y la relación competición-cooperación.
Sin embargo, para muchos teóricos, académicos y analistas, pero también para los científicos, empresarios, políticos y militares, gran parte de estas ideas no son nuevas y llevan discutiéndose bastante tiempo antes de la aparición de la pandemia. En gran medida se va gestando tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 y la Gran Recesión de 2008, y en la mayoría de estos ámbitos hay un consenso sobre que habrá un antes y después como lo hubo tras aquellos eventos. Y a pesar de las pruebas de desgaste y transformación, se había mantenido una fe ilimitada en la permanencia, validez y viabilidad de un orden internacional liberal multilateral (Mearsheimer, 2019), sobre todo en el ámbito de los estados occidentales (Fukujama, 1989; Ikenberry, 2011).
No se estaba apreciando el impacto de la 4ª Revolución Tecnológica ni sobre las amenazas biológicas: durante estos años nuestra atención estaba situada en la recuperación de la crisis económica, el cambio climático, el terrorismo, las “Primaveras” árabes, el concepto de guerra hibrida o las acciones en el Mar de China de la RPC. Realmente nuestra atención estaba más enfocada en lo que ocurría dentro del Sistema Internacional como para apreciar realmente las fuerzas y los cambios que se iban produciendo. Mientras, el escenario estratégico también cambiaba hacia una dura competición entre grandes potencias y se abría paso un nuevo orden internacional. Está claro que el enfoque, las herramientas y las perspectivas no eran las adecuadas: probablemente se ha estado sufriendo un wishful thinking ideológico y estratégico auto-inducido, viviendo una realidad inventada (Herrero, 2002).
Según el profesor Robert Jervis, las imágenes en relaciones internacionales son aquellas creencias acerca de los otros que afectan las predicciones de cómo se comportarán bajo determinadas circunstancias (Jervis, 1970: 5). Esas imágenes son las representaciones mentales de las percepciones, que son “un proceso integrativo por el cual los estímulos son interpretados por los individuos junto con los conocimientos previos y las creencias del actor.
Desafortunadamente, las relaciones entre actores se construyen de hecho sobre esas imágenes, y así Jervis establece que los actores operan en el mundo real (Operational Milieu), pero desde un ámbito psicológico (Psychological Milieu) (Jervis, 1976: 15): Occidente no quiso o no supo comprender cuál era el proceso que se estaba produciendo, seguro de su posición, enfocándose en los temas a corto plazo, sin pensamiento estratégico a largo plazo, o Gran Estrategia; interpretando los hechos desde su propio marco de pensamiento; y aplicando un modelo de soluciones que se ajustaba a ese ámbito, los Estudios de Seguridad.
Probablemente la incomodidad moral, política y académica que representaba la realidad, hacían divergir cada vez más el Milieu operativo y el psicológico. Estaba claro que el concepto de seguridad estaba cambiando más rápido de lo que pensaban los políticos, militares y académicos; por ejemplo, la separación entre la seguridad interior y la externa se había difuminado progresivamente y los ataques del 11 de septiembre de 2001 confirmaban esta dinámica.
La consecuencia directa sería que la “Global War on Terror” (GWOT) (Garcia Cantalapiedra y Herrero de Castro, 2015) básicamente ya establecía que el mundo entero era un campo de batalla y que incluso las personas que fueron arrestadas en entornos civiles en los Estados Unidos y que nunca participaron en las hostilidades en un campo de batalla, podrían ser tratadas como «combatientes»: la percepción de pérdida de diferencia entre “Paz” y “Guerra”, las Áreas Grises” (Mazzar, 2015; Hughes, 2020). Diferentes autores dudan de la capacidad de diferenciar ya entre civiles y combatientes, a pesar de que la legislación internacional lo establece: “Similarly, we struggle to tell the difference between “civilians” and “combatants.” What counts as a protected civilian object in cyberspace? When can a hacker, a financier, or a propagandist be considered a combatant?” (Brooks, 2018).
Orden internacional, guerra y seguridad
Cada vez más se difumina la distinción clara entre lo que es y lo que no es un “campo de batalla”, porque es cada vez más difícil diferenciar entre competición y conflicto, y por la fusión entre lo civil y lo militar (Evron and Bitzinger, 2023). Así, los llamados Espacios Comunes (Global Commons) clásicos llegan a ser “campos de batalla” potenciales, pero también los espacios no físicos (información/ciber, cognitivo, moral y social). Paradójicamente, hay una tendencia hacia una nueva versión del concepto de Seguridad Nacional, debido a las visiones políticas re-nacionalizadoras, que ayudan a que Defensa se solape con Seguridad en un escenario competitivo entre grandes potencias (Colby and Mitchell, 2020; Kaplan, 2017; Mead, 2014) en un espacio de seguridad multi-dominio (Garcia Cantalapiedra, 2019: 71-72).
Definitivamente, la invasión de Ucrania por Rusia será el punto de inflexión (y de alguna forma, la excusa) para reconocer la progresiva desaparición del orden liberal, al menos tal como lo entendíamos. Algo que en algunos ámbitos teóricos minoritarios en la disciplina (realistas defensivos) se veía en un principio como un dilema de seguridad (tanto en el caso de la RPC como después en el ruso) se han mostrado realmente en una postura revisionista producida para la reducción de ese orden internacional liberal, que actuaba como reductor de la anarquía internacional, y por una clara redistribución de capacidades entre los actores del sistema. Esta última ha permitido a ciertos actores iniciar esa acción revisionista.
En este sentido, autores del realismo ofensivo se han sentido reivindicados por su postura teórica mantenida desde hace mucho tiempo, y también posturas teóricas mainstream se han encontrado sin base ni respuesta ante esta situación: ¿cómo se interpreta en términos reflectivistas o en las escuelas de Copenhague, Gales o Paris, o de la seguridad humana esta situación?
El concepto de seguridad está cambiando más rápido de lo que piensan muchos políticos, militares y académicos. Así, la separación entre la seguridad interior y exterior se ha estado difuminando progresivamente y los ataques del 11 de septiembre de 2001 confirmaron esta dinámica. La Seguridad Comprehensive se había utilizado desde principios de la década de 1990: “Security is taken to be about the pursuit of freedom from threat and the ability of states and societies to maintain their independent identity and their functional integrity against forces of change, which they see as hostile” (Buzan, 1991). La lógica de la ampliación de este concepto de seguridad después de la Guerra Fría, mientras que sufrió un proceso de desmilitarización, paradójicamente, introdujo una extensa variedad de áreas para securitizar, algunas de ellas apenas relacionadas con la seguridad “clásica” y que cerró la etapa de los Estudios Estratégicos. Sin embargo, abriría un intenso debate en los ámbitos político y académico debido a la problemática que esas nuevas amenazas y desafíos provocaban en la estructura de la concepción general de ese modelo de seguridad. Esto impulsaría la creación del llamado enfoque integral, y más tarde el uso de la Resiliencia. Por lo tanto, una concepción que habría funcionado lo suficientemente bien después de la Guerra Fría fue duramente afectada cuando los ataques del 11 de septiembre produjeron una progresiva re-militarización de la Seguridad llevada a cabo por Estados y Actores No Estatales.
Por otra parte, esta re-militarización significaba evitar la “guerra convencional”, con la mayoría de estos actores actuando bajo el nivel del concepto legal de guerra: las lecciones de la Guerra del Golfo, pero también las de Somalia o Kosovo entre otras, habían quedado claras para ambos tipos de actores: por un lado para Rusia, China y otros Estados autoritarios, y por otro para AQ, Talibán, ISIS y otras insurgencias, pero también para otros como los poderosos grupos de crimen organizado transnacional. Esto produciría un número importante de debates conceptuales pero otros conceptos como la “Guerra Ilimitada y la “Estrategia de las Tres Guerras” (URW, 1999; García Cantalapiedra, 2022), o la Insurgencia Criminal (Sullivan and Bunker, 2011) no recibieron suficiente atención. Lo cierto fue que ninguno de estos conceptos generó respuestas en la comunidad estratégica occidental.
Además, las dinámicas y amenazas más “clásicas” como las armas nucleares también han recuperado un papel principal nuevamente en este escenario, pero sin el marco de “reglas MAD” de la Guerra Fría (Mutual Assurance Destruction). Este escenario sería aún más complejo debido al impacto de la militarización del espacio, la irrupción transversal del ciberespacio, la bio-tecnología y de la Inteligencia Artificial (Kissinger et al, 2023). A pesar de ello, la comunidad académica de Estudios de Seguridad, la Comunidad Estratégica de la UE o incluso las instituciones de la UE han ido abandonando o modificado sus enfoques principales solamente a partir de la invasión rusa de Ucrania.
Incluso se han mantenido en posiciones ideológicamente bastante atrincheradas a pesar del fin del régimen de seguridad europeo Post-Guerra Fría tras el abandono del Tratado sobre Fuerzas Convencionales en Europa por Rusia en 2007, la ruptura del Principio III del Acta Final de Helsinki (Inviolabilidad de las fronteras) con la invasión de Georgia (2008) y Ucrania (2014), la denuncia y fin del Tratado INF de 1987 en 2019 y la expiración del tratado New START de armas estratégicas en febrero de 2026 (Dwyer, 2026).
A partir de la crisis de 2014 en Ucrania, hubo pasos tímidos centrados en cómo responder a la “Guerra de Nueva Generación” de Rusia a través de las definiciones de la OTAN sobre la Guerra Híbrida (que además interpretaban incorrectamente el concepto ruso). Finalmente, instituciones y organismos de la UE ofrecerían respuestas a estas dinámicas, pero no ofrecían un análisis sobre el impacto de la Guerra Ilimitada, o una revisión real y profunda sobre nuestra concepción de la seguridad.
El pensamiento estratégico occidental y el europeo en concreto han reconsiderado seria y profundamente nuestra concepción de la seguridad respecto a una serie de temas clave: la relación concepto de la Guerra-Orden Internacional Liberal en declive; la incertidumbre como el problema central en un proceso de solapamiento entre seguridad y defensa; tercero, y la gran estrategia a largo plazo en un contexto de competición y Guerra Ilimitada; Y finalmente, y coexistiendo con esta realidad (o interrelacionada con ella), la existencia de una red global de redes donde se juega no a través de la negociación sino mediante la construcción de conexiones y relaciones y en la dinámica de los sistemas no jerárquicos y no lineales (Jervis, 1999).
Un nuevo sistema internacional, un nuevo concepto de seguridad
Viniendo del impulso del “Fin de la Historia” y de un momento en que todavía parecía fácil establecer la diferencia entre la paz y la guerra, y la seguridad interior y la seguridad externa, también fue fácil establecer un concepto de seguridad modular y una idea de complejo de seguridad, en el que la seguridad de los estados y los individuos estaban intrínsecamente vinculados, como estableció la Escuela de Copenhague durante la década de los 90 (Buzan et al, 1998). Esta aproximación partía de cierta idea de orden, realmente basada en un sistema Westfaliano y un orden internacional liberal.
Sin embargo, Hedley Bull ya establecía en su seminal The Anarchical Society (1977), los cambios que podrían tener lugar en la estructura del sistema internacional donde los Estados, ese sistema de Westfalia, comenzaran a perder su dominio: una reducción progresiva de soberanía a favor de los actores no estatales, que provocarían la aparición de la violencia privada y la pérdida de un monopolio sobre el uso de la fuerza, incluida la influencia de los actores transnacionales y la tecnología, podrían hacer desaparecer progresivamente las fronteras. Bull argumentó que, si ocurriera esta dinámica, entre otros, el sistema internacional podría volver a una situación pre-westfaliana y que habría una serie completa de actores no estatales que no solo competirían con el estado como entidades principales del sistema internacional, sino que incluso podrían reemplazarlo.
Así, la Guerra era violencia organizada entre estados soberanos por normas o reglas, ya fueran legales o no, de los Estados. Sin embargo, si el sistema evolucionara a esa situación pre-westfaliana que planteó Bull, ¿sería solo la violencia organizada de las unidades políticas llevadas unas contra otras lo que consideraríamos Guerra, o este concepto se ampliaría? ¿Qué pasaría si hubiera unidades políticas no estatales, o incluso unidades no políticas, desde el punto de vista de la definición de Guerra? ¿Sería posible la Guerra entre ellos y los Estados? Además, ¿sería posible la Guerra en un sistema pre-westfaliano? Bull articuló su concepto de Guerra a través de la diferencia entre la guerra en el sentido material, es decir, las hostilidades reales, y la guerra en el sentido legal o normativo: por ejemplo, si se habla de la Guerra en el sentido legal, la distinción entre Guerra y Paz es absoluta.
Por otro lado, la guerra en el sentido material es a veces difícil de distinguir de la paz. Pero Bull reconoció la imposibilidad de separar los dos, ya que la dinámica de las hostilidades a veces juega en contra esa separación. Así, las “amenazas híbridas” o la “zona gris” siempre han existido en diferentes formas, pero una falta de conciencia histórica también ha contribuido a nuestra falta de preparación conceptual (Echeverria, 2016). Rosa Brooks afirma: “In a world in which the push of a button can lead, within seconds, to the deaths of a specific man more than eight thousand miles away, is it possible to define “war” with clarity? Most of all: As the boundaries around war and the military grow ever more blurry, will we all pay a price?”(Brooks, 2016:8).
Paradójicamente, a pesar de que las características y los medios de la Guerra han evolucionado, esta sigue siendo, à la Clausewitz, “un acto de fuerza para obligar a nuestro enemigo a hacer nuestra voluntad”, donde “para la aplicación de esa fuerza no hay límite”, Sin embargo, no habría que pensar en esa aplicación desde el punto de vista de fuerza material y militar incremental, sino en la búsqueda de la expansión de los dominios de la Guerra. Esto hace posible la expansión exponencial del concepto del campo de batalla más allá del dominio físico al eliminar sus restricciones geográficas, funcionales, políticas y legales, permitiendo que se vuelva omnipresente. En respuesta a la pregunta, “¿Dónde está el campo de batalla?” Liang y Xiangsui responden simplemente que ahora está “en todas partes”.
Por lo tanto, esta aplicación podría ser cualitativa y no necesariamente cuantitativa en términos de escalada en el uso de la fuerza cinética militar como se interpreta comúnmente. Esta expansión de los medios se hace a los diferentes dominios: todos estos actores, todas estas capacidades diferentes, significan extenderse a todos los dominios. Paradójicamente, al apuntar al control de estos dominios, esto también podría significar una tendencia a su “militarización”, sobre todo por el impacto transversal del ciberespacio y la pérdida de diferencia entre lo civil y lo militar: es sintomático este uso y la búsqueda de control de los dominios, sobre todo del ciberespacio por parte de algunas grandes potencias.
Este proceso está en directa relación con el otro aspecto que Bull señaló como una causa para el fin del sistema de Westfalia: la 4ª Revolución Industrial-Tecnológica, el ciberespacio, la Inteligencia Artificial (IA) y la relación con los humanos, no solo en el Internet de las Cosas (IoT), sino en el Campo de Batalla de las Cosas (Battlefield of Things, BoT). Como Alexander Kott establecía:
“What happens on the future battlefield when humans and machines battle each other yet “think” very differently: “it . . . makes the battlefield harder to understand and manage. Human warfighters have to face a much more complex, more unpredictable world where things have the mind of their own and perform actions that may appear inexplicable to the humans” (Kott, 2018).
¿Cómo será la relación humano-IA? ¿Será una fuerza humana prescindible tácitamente para sostener estratégicamente una máquina-robot autónoma/IA, que ofrecerá la victoria en un enfrentamiento, batalla, guerra o conflicto general? En este sentido las expectativas para una IA podrían ser diferentes a las de los humanos. Al mismo tiempo, como los niveles de incertidumbre serán más y más altos en el campo de batalla, también lo serán en el ámbito de la seguridad: ¿quién va a identificar una amenaza existencial y un objeto o ideal para proteger? ¿Será necesario persuadir a una audiencia? Más aún, ¿habrá un proceso situación normal-securitización-desecuritización, de acuerdo con los parámetros de la Escuela de Copenhague? Este nuevo “campo de batalla” está tan lleno de incertidumbre que hace casi imposible conocer amenazas, objetos protegidos, estrategias claras o “actos discursivos”.
Esa incertidumbre nos empujaría a buscar el control de los dominios tanto como podamos para reducirla. En el campo de la defensa parece que esta situación conduce al campo de batalla y operaciones multi-dominio. Rosa Brooks establece: “Similarly, we struggle to tell the difference between “civilians” and “combatants.” What counts as a protected civilian object in cyberspace? When can a hacker, a financier, or a propagandist be considered a combatant”. (Brooks, 2018). Realmente nos acercamos a otro espacio de seguridad y por ende a un nuevo concepto. Estas dinámicas así podrían favorecen una convergencia en la “militarización” de la Seguridad, y tal como advierte Lydia Kostopoulus (2019), en una búsqueda de “preventive policing in Defense, terminando definitivamente con la división entre seguridad interior y exterior.
Sin embargo, los objetivos para la Seguridad no parecen ser aquellos en los que se haya centrado hasta ahora: primero, ya que no está claro el significado del Estado, y este, junto a las sociedades y los seres humanos, cómo compiten como receptores de esta protección aunque hay una tendencia a priorizar la seguridad nacional de nuevo; segundo, la tecnología no es inherentemente civil o militar, y hace que todos los conflictos sean conflictos multi-dominio/civil-militar; tercero, todos los dominios no tienen la misma importancia, y no está claro que existe un “dominio” sobre cada dominio. La característica más importante de este nuevo espacio de seguridad trans-dominio es su naturaleza integrada, aunque asimétrica, con una tendencia que parece apuntar a controlar los dominios como objetivo principal: físico (tierra, mar, aire, espacio), información/ciber, cognitivo, moral y social (Reed, 2008).
Los Estados y otros actores buscaran ese dominio, en función de sus capacidades, y no parece que todos tengan como objetivo la protección de las personas sino su control. En este sentido los Estados en general tenderán hacia la seguridad nacional y los estados autoritarios hacia la supervivencia del partido o grupo en el poder. En este caso la incertidumbre no tendrá como respuesta la resiliencia sino una expansión del control interno por parte del Estado:
- Dominio (s) físico (s): son los dominios de tierra, mar, aire y espacio.
- Dominio de información: donde se crea, manipula y comparte la información. Se extiende por el dominio cibernético.
- Dominio cognitivo: donde residen la intención, la doctrina, las tácticas, las técnicas y los procedimientos.
- Dominio social: donde se interactúa, se intercambia información, forman conciencia, comprensión compartidas y toman decisiones.
Así, la Seguridad no parece que este dividida en dimensiones espaciales globales, regionales o locales, sino en el Dominio físico, sobre todo debido a la desaparición de la seguridad interior y exterior; a que las “identidades” de los actores (estados o actores no estatales) tampoco están claramente definidas; la incertidumbre y esta difusión en los identidad de los actores (en el fondo, de la soberanía) hace complicado el establecimiento de objetos referentes ya sean estados, principios o personas, debido a la fuerte influencia que generaría el dominio social, con muchos actores entre población, empresas, gobiernos y otros actores no estatales; los sectores estarán en función de los dominios de información y cognitivo.
Las dimensiones espaciales, sectores, identidades y la naturaleza de los objetos de referencia servían para crear un marco que estudiaba los temas que “son representados como amenazas existenciales a los objetos de referencia por un actor de seguridad que genera el respaldo de las medidas de emergencia más allá de las reglas obligatorias legales del sistema de gobierno democrático” (Buzan et al, 1998:5). ¿Quién va a identificar una amenaza existencial y un objeto o ideal para proteger? ¿Será necesario persuadir a una audiencia? Más aún, ¿habrá un proceso securitización-desecuritización, de acuerdo con los parámetros de la Escuela de Copenhague? Este nuevo “campo de batalla” está tan lleno de incertidumbre que hace muy difícil conocer amenazas, establecer objetos protegidos y crear estrategias claras.
Conclusiones
Siguiendo el marco general que nos da la Guerra Ilimitada y a su extensión a todos los ámbitos y dominios, paradójicamente parece que estas empujan realmente a una “militarización” de todos los dominios, y por ende de la Seguridad, como estamos viendo en la lucha contra los carteles en Iberoamérica o contra las sinergias terrorismo-crimen organizado. En principio, la dinámica marcada en esta definición junto con el uso de medios y actores no militares parecería contradecir esa tendencia, sin embargo, el conflicto se mueve en todos los ámbitos y la perdida de separación entre seguridad interior y exterior empuja a una fusión seguridad-defensa.
Cuestiones como el tratamiento legal de acciones bajo el umbral de la “guerra”, la atribución de los ataques cibernéticos, ataques trans-dominio, la convergencia de crimen e insurgencia, hibridación, áreas desgobernadas y sub-gobernadas junto con la difusión de poder desde el estado westfaliano hace que debamos replantearnos nuestra visión sobre la seguridad y la defensa. ¿Cómo considerar un ciberataque que inutilice las centrales nucleares y eléctricas de un país? ¿Cómo saber qué tipo de objetivo o beneficio hay tras él? La atribución sería básica, pero saber las intenciones sería fundamental, aunque ¿cómo saberla? ¿Y responder con un ataque militar cinético a un ciber-ataque sería una respuesta incremental o una opción alternativa y aceptable? ¿Sería esto un aumento de la beligerancia o sería un acto “normal” de respuesta y opcional en este escenario trans-dominio? (García Cantalapiedra, 2019) ¿Qué ocurriría si un ciber-ataque o ataque con drones, acabara con la capacidad nuclear de represalia (Second Strike capability)? ¿Empujaría a un “use or loose” preventivo? ¿Y su impacto en la estabilidad estratégica? (Goettermoeler, 2021)
En este sentido, este paso de un dominio a otro apunta a ese espacio de seguridad trans-dominio. Por extensión, la disuasión será también trans-dominio, lo que implica el uso de capacidades de un tipo para contrarrestar amenazas o combinaciones de amenazas de otro tipo, a fin de evitar ataques inaceptables. En realidad, este tipo de disuasión también se producía durante la Guerra Fría, pero lo que ha cambiado es que la respuesta a un ataque cibernético destructivo no tiene por qué limitarse al dominio cibernético, sino que también puede incluir represalias “convencionales” o incluso nucleares.
De acuerdo a Erik Gartzke y Jon Lindsay (2019), esto cambia completamente el marco general y las implicaciones estratégicas de estas acciones y sus consecuencias en cuanto al potencial de escalada, la interpretación de las señales, incluso los efectos de las operaciones. En este sentido, cuanto mayor sea la robotización (por ejemplo, swarms, enjambres) los incentivos para tomar la ofensiva rápidamente y atacar primero aumentaran. Lo que sí parece claro es que en este espacio trans-dominio y de competición, la concepción de la Seguridad no parece ya la que se ha mantenido hasta ahora.
El tema central quizá ahora no es sólo la incertidumbre o la Inteligencia Artificial, sino que un sector central vuelva a ser el aspecto militar de la seguridad como fue principalmente durante la Guerra Fría: el problema podría ser la expansión de lo militar en una búsqueda de control en todos los dominios.
así lo establecen Qiao Liang and Wang Xiangsui:
“As the arena of war has expanded, encompassing the political, economic, diplomatic, cultural, and psychological spheres, in addition to the land, sea, air, space, and electronics spheres, the interactions among all factors have made it difficult for the military sphere to serve as the automatic dominant sphere in every war. War will be conducted in non-war spheres”. (URW, 1999:169).
Los elementos políticos, jurídicos, tecnológicos son fundamentales, pero los económicos adquieren para Qiao y Wang un significado crucial: para ellos la guerra económica es el escenario central de la Guerra. Unido a la revolución tecnológica ambos establecen una revolución en los asuntos estratégicos, un cambio conceptual fundamental en el marco de pensamiento relativo a la seguridad nacional:
military threats are already often no longer the major factors affecting national security……traditional factors are increasingly becoming more intertwined with grabbing resources, contending for markets, controlling capital trade sanctions, and other economic factors, to the extent that they are even becoming secondary to these factors”(URW, 1999:116).”
El general francés André Beaufre, ya describía este escenario hace 60 años.
“Así se va desarrollando en tiempos de paz una nueva forma de estrategia, apenas esbozada en los anteriores conflictos, por lo que se llamó “la carrera de armamentos”. Esta estrategia no libra batallas, pero trata de superar las “mareas” de los materiales adversos. Se le ha dado el nombre de “estrategia logística” o de “estrategia genética”. Su táctica es industrial, técnica y financiera”. Es una forma indirecta de desgaste que, en vez de destruir los medios del adversario, se contenta con descalificarlos, provocando así enormes dispendios…... Así se desarrolla una guerra silenciosa y aparentemente pacífica, pero que podría revelarse decisiva por sí sola”. (Beaufre,1980 (1965):24)
Sin embargo, las dinámicas internas y externas también nos están mostrando que puede haber presiones estructurales que puedan empujando a conflictos “clásicos” en términos de disputas territoriales y carreras de armamentos en ámbitos como las armas nucleares. Mantener una conducta auto-limitada requiere que se piense que el adversario tiene objetivos limitados. Si no es así, en una contemplación de acciones que no muestren esta limitación entre medios y fines, la tendencia será no tratarlos así (Jervis, 1990:239). Así, el incremento de la beligerancia y las escaladas a conflictos armados aumentaran sobre todo en estos contextos.