La guerra en Ucrania ha redefinido los paradigmas de la operatividad naval moderna, evidenciando cómo la integración de dominios (físico, digital, cognitivo) y las capacidades multimisión son críticas en escenarios asimétricos. Este análisis se centra en el mar Negro, donde la Flota rusa y las innovaciones ucranianas han escrito un capítulo decisivo en la historia militar contemporánea.
Las condiciones militares y estratégicas del mar son diferentes de las de tierra firme, el mar no puede ocuparse en el sentido militar de la palabra; no hay líneas de frente y la defensa no puede basarse en fortificaciones del mismo modo que en tierra. El Báltico y el mar Negro son mares semicerrados con un importante flujo marítimo. En ambos casos, la Federación Rusa constituye una potencia dominante y una amenaza permanente (Wedin, 2015).
La guerra naval en el mar Negro, impulsada por el conflicto entre Ucrania y la Federación Rusa, ha significado un cambio de paradigma en la conducción de operaciones navales. La respuesta ucraniana ante el dominio inicial ruso no fue replicar la superioridad convencional en términos de tonelaje o grandes unidades navales, sino que se basó en una estrategia radicalmente distinta: la «flota mosquito», una doctrina ya prevista en su “Nueva Estrategia Naval hasta 2035” (Ukrainian Navy, 2019).
Esta estrategia consiste en la introducción masiva de unidades pequeñas, rápidas y bien armadas, apoyadas por la integración de capacidades aéreas, navales y cibernéticas, con un enfoque prioritario en misiones de negación del mar y operaciones multimisión. Se buscaba compensar la inferioridad cuantitativa frente a la Flota rusa del mar Negro mediante la agilidad, el sigilo, el bajo coste y el uso intensivo de nuevas tecnologías.
El término estrategia, afirmaba Bordejé, implica los conocimientos necesarios para dirigir combates. A pesar de numerosas publicaciones, la estrategia sigue siendo un concepto ambiguo, especialmente en el ámbito naval, donde se entrelazan la estrategia operativa y la de recursos. Su fundamento teórico aún descansa en un conjunto limitado de obras que continúan influyendo en la comprensión actual del concepto (Bordejé, 1982).
Dentro de la historiografía del pensamiento marítimo, los nombres que destacan con mayor frecuencia son los del almirante estadounidense Alfred Mahan (1840-1914), cuya obra sigue teniendo un impacto significativo (Baqués, 2024), y el del historiador británico Julian Corbett (1854-1922), quien, pese a su relevancia, es menos conocido por el público general (Henrotin, 2013). Menos conocido aún, pero de notable influencia por su relación con el almirante Carrero Blanco, es el capitán de fragata Mateo Mille García, quien, a través de sus obras y conferencias impartidas en la Escuela de Guerra Naval durante la década de 1930, sentó en España las bases de la estrategia naval (Mille García, 1926).
Corbett, reconocido por integrar las estrategias marítima y naval dentro del marco más amplio de la estrategia general, ofreció una interpretación innovadora y dinámica del pensamiento estratégico. Su legado proporciona una visión moderna y accesible no solo sobre el arte de la guerra en el ámbito marítimo, sino también sobre su vinculación con la estrategia en sentido amplio, aspectos que hoy en día siguen teniendo gran vigencia.
El contraste clásico entre control y negación del mar resulta insuficiente para explicar las realidades contemporáneas. Bernard Brodie anticipó esta limitación al reformular la dicotomía hacia una entre control marítimo e interdicción. Esta última, menos exigente, otorga libertad de acción a las flotas mediante sensores y sistemas de armas de largo alcance, ampliando así las zonas efectivamente controladas (Lavernhe & Corman, 2023).
La estrategia Anti-Acceso/Denegación de Área (A2/AD) es un enfoque defensivo destinado a impedir el acceso enemigo a zonas clave. En el 480 a.C., las ciudades-estado griegas emplearon una forma temprana de esta estrategia contra Jerjes, usando islas como barreras naturales y estrangulando sus líneas de suministro marítimo, lo que provocó su retirada y el colapso logístico de su ejército (Russell, 2017).
Este ejemplo evidencia cómo la estrategia A2/AD puede debilitar fuerzas superiores sin combates decisivos, usando el tiempo, el desgaste y la geografía como aliados. En la actualidad, esta lógica permanece vigente, con Estados Unidos beneficiándose de sus océanos como defensas naturales, mientras el control marítimo moderno exige dominio también del espacio aéreo y del entorno submarino (Espinosa Rubio, 2025).
La guerra de Ucrania en el mar Negro ha puesto en primer plano la importancia de la integración de dominios y la necesidad de ejércitos multimisión en los conflictos contemporáneos. El teatro naval ucraniano, lejos de ser un escenario secundario, ha demostrado que la coordinación efectiva entre fuerzas terrestres, aéreas, navales, cibernéticas y espaciales es crucial para alcanzar objetivos estratégicos y adaptarse a entornos operativos complejos y cambiantes (Conte de los Ríos, 2024).
En este contexto, el dominio conjunto se revela como factor decisivo: la Marina rusa, aunque inicialmente superior en medios, ha visto limitadas sus capacidades por la acción combinada de los ucranianos y el uso innovador de tecnologías disruptivas, como drones navales y misiles de precisión. La respuesta ucraniana, basada en una estrategia de negación del mar y en la integración ágil de recursos y saberes, ha logrado infligir daños significativos a la Flota del mar Negro y modificar el equilibrio de poder en la región.
El propósito de este artículo es analizar cómo la Marina ucraniana ha transformado su estrategia naval frente a la superioridad convencional rusa mediante la integración de dominios (físico, digital y cognitivo) y el empleo de capacidades multimisión en el mar Negro. El estudio se enfoca en el periodo 2022–2024, con especial atención a las implicaciones estratégicas del uso de sistemas no tripulados, la doctrina de negación del mar y las lecciones aplicables a conflictos navales de alta intensidad en entornos confinados.
Al mismo tiempo, esta guerra ha evidenciado que el éxito en el ámbito naval no depende únicamente del control físico del mar, sino de la capacidad para sincronizar efectos en todos los dominios y proyectar poder más allá de las fronteras tradicionales. Así, la experiencia ucraniana subraya la necesidad de fuerzas armadas flexibles, capaces de operar de manera conjunta y multimisión, adaptándose rápidamente a los desafíos de la guerra moderna y aprovechando la convergencia de capacidades tecnológicas, doctrinales y humanas (Romero Sobrino, 2024).
El caso del mar Negro ilustra cómo la integración de dominios y el enfoque multimisión no solo multiplican la eficacia militar, sino que resultan imprescindibles para afrontar las amenazas híbridas y los escenarios de alta intensidad actuales. Corbett y algunos autores españoles, nos ayudarán a comprender mejor el papel de las fuerzas navales en el futuro venidero (Mille García, 1926).