América Latina y el Caribe enfrentan una encrucijada en ciberseguridad. La digitalización ha generado sociedades interconectadas, pero la capacidad institucional no ha crecido al mismo ritmo. Informes destacan que ALC es la región con mayor crecimiento en incidentes cibernéticos divulgados, con un aumento anual del 25% en la última década. A la vez, es una de las menos preparadas: según el Índice Global de Ciberseguridad de la Unión Internacional de Telecomunicaciones, su puntaje promedio en ciberseguridad es 10.2 de 20. Esta brecha ha convertido al ciberespacio regional en un "campo de batalla", explotado por actores maliciosos. Las vulnerabilidades técnicas e institucionales son el blanco principal (Vergara Cobos & Diao, 2024).
Los ciberataques en ALC no solo aumentan en número, sino que son más disruptivos y con fines más amplios que el lucro financiero. Un 59% tienen motivaciones políticas, lo que refleja una transición hacia amenazas híbridas con fines de desestabilización. Ejemplos recientes lo demuestran: en 2022, Costa Rica sufrió un ataque con ransomware que generó pérdidas del 2,4% del PIB; en Ecuador y Argentina, filtraciones masivas expusieron datos sensibles; en Chile, un ataque con malware cerró temporalmente un banco estatal; y en 2023, un ataque impidió el voto en el extranjero en Ecuador. Estas agresiones digitales generan impactos físicos graves (Vergara Cobos & Diao, 2024).
Pese al panorama crítico, la respuesta institucional en ALC ha sido desigual. Algunos países, como Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, México, Panamá y Perú, ya cuentan con Estrategias Nacionales de Ciberseguridad activas, lo que permite coordinación y asignación de recursos. Otros, como Bolivia, El Salvador y Honduras, carecen aún de estrategias integrales o están en fase de elaboración. Esto refleja una baja prioridad política en seguridad digital. Además, la región enfrenta escasez de talento especializado e inversión en infraestructura, lo que limita su capacidad de respuesta (Ciberlátam, 2024).
En 2024, la República Dominicana fue elegida para presidir el Grupo de Trabajo sobre Medidas de Fomento de la Confianza en el Cibersepacio (CBMs) de la OEA, consolidándose como uno de los pocos países caribeños con liderazgo hemisférico en ciberseguridad. Además, su CSIRT-RD, miembro del Forum of Incident Response and Security Teams (FIRST) desde 2020, ha fortalecido su integración en la comunidad internacional de respuesta a incidentes, lo que le permite acceder a apoyo técnico y participar activamente en el desarrollo de normativas globales sobre estabilidad en el cibersepacio (Presidencia de la República Dominicana, 2024a).
En esencia, el dominio cibernético en ALC se caracteriza actualmente por alto riesgo y preparación dispar. La creciente conectividad y digitalización amplían la superficie de ataque y atraen tanto a ciberdelincuentes oportunistas como a actores más sofisticados (incluyendo grupos auspiciados por Estados) que emplean tácticas híbridas. Si bien los gobiernos han comenzado a reaccionar mediante estrategias, leyes y mayor cooperación, persiste la necesidad de fortalecer integralmente las capacidades cibernéticas nacionales. Este fortalecimiento abarca no solo la dimensión técnica, sino también el desarrollo doctrinal, la capacitación de recursos humanos, la sensibilización política sobre el tema y la integración del cibersepacio dentro del planteamiento general de defensa y seguridad.
En el ámbito militar, el término dominio se refiere a un entorno o ámbito —físico o virtual— en el que se llevan a cabo operaciones y sobre el cual se busca ejercer cierto grado de control o superioridad. Tradicionalmente, las Fuerzas Armadas han reconocido dominios de la guerra como la tierra, el mar, el aire e, incluso desde fines del siglo XX, el espacio ultraterrestre. Desde inicios del siglo XXI, el cibersepacio ha sido ampliamente aceptado como un quinto dominio de las operaciones militares, con características propias pero complementarias a las de los dominios físicos (Peacastre, 2019; Perkins, 2018). En Latinoamérica y el Caribe, numerosos países se han alineado con esta visión, denominando al cibersepacio como un dominio operacional comparable a los tradicionales. Por ejemplo, doctrinas militares regionales emplean ya el término dominio cibernético o espacio ciber para enmarcar las acciones de defensa y seguridad en entornos digitales (Saavedra, 2019).
Definir conceptualmente el dominio cibernético es esencial para delimitar su alcance y articular cómo interactúa con los demás dominios. De acuerdo con la Real Academia Española (2014), dominio es un ámbito, real o imaginario, de una actividad, mientras que cibersepacio se describe como un ámbito virtual creado mediante medios informáticos interconectados. Desde el plano doctrinal, el profesor Daniel T. Kuehl ha ofrecido una definición operativa del ciberespacio, al describirlo como "un entorno operativo que consiste en la red interdependiente de sistemas de información conectados al Internet, incluyendo las infraestructuras informáticas y de telecomunicaciones, así como los datos que allí residen" (Saavedra, 2019). Con esta concepción, el ciberespacio, si bien intangible a simple vista, tiene una base física real (servidores, cables, enrutadores, dispositivos) y produce efectos medibles en el mundo.
El Comando Cibernético de Estados Unidos (USCYBERCOM) define el ciberespacio como un dominio con tres capas: física (infraestructura, hardware, cables, satélites), lógica (protocolos, software, algoritmos) y de ciberpersona (identidades digitales, redes sociales, interacciones humanas) (2018). Esta última, aunque abstracta, es clave porque refleja la actividad humana en línea. Estas capas demuestran que el ciberespacio no es uniforme, sino una red compleja de tecnología y personas. Protegerlo implica acciones diferenciadas: asegurar la infraestructura, optimizar los sistemas lógicos (ciberdefensa, actualizaciones, detección de intrusos) y gestionar la información e influencia digital (contrarrestar desinformación, proteger datos, educar usuarios).
Un elemento clave al conceptualizar un dominio es definir qué implica ejercer superioridad en él. En los ámbitos físicos, esto significa emplearlo libremente para operaciones propias mientras se restringe su uso al enemigo. En el dominio cibernético, este concepto se complica por su carácter difuso y la presencia de actores estatales y no estatales. Aun así, puede hablarse de superioridad cibernética como la capacidad de proteger redes propias y mantener la posibilidad de generar efectos ofensivos en el ciberespacio. Esto exige adaptar principios clásicos de la guerra —como sorpresa, seguridad, unidad de comando— al entorno digital, mediante ataques difíciles de atribuir y defensas sólidas (Saavedra, 2018).
Una consideración doctrinal clave es el rol del sector privado en el dominio cibernético. A diferencia de otros dominios controlados por el Estado (como el espacio aéreo o las fronteras), en el ciberespacio más del 90 % de la infraestructura y servicios depende de actores privados. Por tanto, ninguna estrategia de defensa cibernética puede excluir la cooperación público-privada. Militares y agencias deben trabajar con proveedores de Internet, empresas tecnológicas, de telecomunicaciones y del sector financiero para compartir información, definir estándares y coordinar respuestas. En América Latina, esta colaboración se ha formalizado mediante centros nacionales de ciberseguridad o equipos CERT/CSIRT con participación conjunta.
El dominio cibernético puede entenderse doctrinalmente como un entorno operativo multidimensional (físico, lógico y humano) donde se libran acciones de guerra y seguridad. Su control exige capacidades especializadas y la adaptación de principios militares tradicionales. Esta comprensión estructural es esencial para integrarlo con los dominios físicos. Solo entendiendo su alcance, funcionamiento interno y desafíos —como el rol del sector privado, la atribución de ataques o la velocidad de innovación— se pueden diseñar estrategias efectivas. Los casos de Costa Rica, República Dominicana y Colombia muestran cómo algunos gobiernos de la región ya integran el ciberespacio en sus estructuras de seguridad ante amenazas que superan lo físico.
El concepto de Operaciones Multidominio (OMD), originado en la doctrina militar estadounidense, postula que las fuerzas conjuntas deben ser capaces de integrar capacidades en todos los dominios de forma coordinada para alcanzar la superioridad sobre adversarios cada vez más versátiles (Perkins, 2018). En la práctica, esto significa que una misión de defensa o seguridad no se circunscribe a un solo entorno (por ejemplo, terrestre), sino que involucra simultáneamente acciones terrestres, aéreas, navales, espaciales y cibernéticas, todas sincronizadas hacia el mismo objetivo operacional. Lograr tal convergencia requiere no solo cambios doctrinales, sino también innovaciones tecnológicas, entrenamientos conjuntos y nuevas estructuras de mando que permitan la comunicación fluida entre unidades de distintos dominios.
A nivel global, varias iniciativas actuales ejemplifican esfuerzos por materializar las operaciones multidominio. En Estados Unidos, las Fuerzas Armadas han implementado programas experimentales como Project Convergence (del Ejército) y Exercises Red Flag (Fuerza Aérea y Espacial) que integran sensores, plataformas de armas y redes de mando y control en escenarios simulados donde intervienen todos los dominios. La esencia es acortar el ciclo de decisión: que datos recolectados por satélites o ciberinteligencia alimenten en segundos decisiones de maniobra en tierra o ataques de precisión desde el aire, por ejemplo. Esto se soporta en la iniciativa de JADC2 (Joint All-Domain Command and Control), un sistema unificado de mando que conecta a todas las ramas militares en un solo tejido de información. Tales desarrollos están todavía en fases de prueba, pero han arrojado resultados prometedores en ejercicios contra amenazas convencionales y híbridas.
En América Latina, varios países avanzan hacia la integración multidominio en seguridad y defensa. Destaca el Ejercicio Conjunto Multidominio de Ciberdefensa y Guerra Electrónica (denominado Ejercicio "Beato Carlo Acutis I"), realizado por Argentina en 2022. Por primera vez, sus Fuerzas Armadas simularon un ataque combinado —sabotaje de cables submarinos y ciberataques a redes terrestres— para interrumpir la conectividad del país. La respuesta integró navíos como el ARA Piedrabuena, tropas terrestres, defensa aérea con sistemas RBS 70 y equipos de ciberdefensa y guerra electrónica. El objetivo fue sincronizar fuerzas convencionales y capacidades cibernéticas, actualizar procedimientos y extraer lecciones doctrinarias. Participaron más de 400 efectivos y múltiples plataformas aéreas, marítimas y terrestres (Mary, 2022).
Otro ejemplo relevante es la integración entre ciberdefensa y defensa aeroespacial en el ejercicio multinacional CRUZEX 2024, liderado por Brasil. Tradicionalmente enfocado en operaciones aéreas combinadas, esta edición incorporó por primera vez el componente CRUZEX Cyber, una simulación tipo "Captura la Bandera" (CTF) para entrenar en protección y ataque de sistemas virtuales de apoyo aeroespacial. Participaron más de 3.500 militares de 16 países en escenarios de conflicto regional, promoviendo interoperabilidad y actualización táctica entre fuerzas aéreas. La inclusión de capacidades cibernéticas, aeroespaciales y antiaéreas apuntó a reforzar la preparación operativa en entornos multidominio (Santos, 2024).
Más allá de ejercicios, también hay iniciativas en doctrina y educación para la integración multidominio. Varios países latinoamericanos han actualizado sus documentos doctrinarios conjuntos para incluir explícitamente el concepto de Operaciones Multidominio. Por ejemplo, fuerzas armadas de Chile y Brasil han estudiado las OMD estadounidenses para adaptarlas a sus realidades, especialmente en escenarios como operaciones de paz donde las amenazas pueden ser híbridas. En la educación militar, seminarios y cursos sobre multidominio empiezan a ofrecerse en academias de guerra de la región, a menudo con cooperación de países de la OTAN o el Comando Sur de EE. UU.
En materia de mando, algunos países han establecido comandos conjuntos para integrar dominios. Colombia creó el Comando Conjunto Cibernético (CCOC), que coordina ciberdefensa entre Ejército, Armada y Fuerza Aérea, permitiendo operar el ciberespacio como dominio estratégico junto a otras fuerzas estatales (Villanueva Mendes, 2015). Brasil fundó en 2016 el Comando de Defensa Cibernética (CD Ciber), integrado por sus tres fuerzas, con la misión de proteger infraestructuras críticas y coordinar defensa cibernética. Durante los Juegos Olímpicos de Río 2016, el CD Ciber apoyó la seguridad digital. Desde entonces, ha ampliado su alcance y colabora con la ABIN, consolidando un modelo de integración entre inteligencia y ciberdefensa (EpEx, 2023).
Aunque los avances en ciberdefensa en América Latina varían, comparten un objetivo común: preparar fuerzas que operen integradas en todos los dominios. Ejercicios con componentes cibernéticos, reformas doctrinales y comandos especializados marcan una ruptura con las estructuras tradicionales. A medida que se acumulan experiencias —y se observan conflictos híbridos en otras regiones—, estos esfuerzos probablemente se expandan. La interoperabilidad multidomino no es solo una mejora táctica; es una necesidad estratégica frente a amenazas difusas donde lo civil y lo militar, lo legal y lo ilícito, se entrecruzan.
Para ilustrar la realidad latinoamericana en la integración del dominio cibernético con los dominios físicos, se presentan a continuación tres casos nacionales. Cada caso refleja distintos niveles de desarrollo institucional, diferentes experiencias frente a amenazas cibernéticas y aproximaciones particulares para incorporar el ciberespacio en las misiones de seguridad y defensa.
COSTA RICA: RESPUESTA NACIONAL A UNA CRISIS CIBERNÉTICA SIN FUERZAS ARMADAS
Costa Rica, un país sin ejército desde 1949, delega su seguridad nacional en cuerpos civiles y policiales. Sin embargo, en 2022, enfrentó una de las amenazas cibernéticas más graves del hemisferio cuando el grupo Conti lanzó ataques simultáneos contra casi 30 instituciones públicas, incluyendo ministerios clave como Hacienda y Ciencia y Tecnología, así como empresas estatales de servicios (Revista Summa, 2024). Ante la negativa a pagar rescate, se filtraron datos sensibles, lo que llevó al presidente Rodrigo Chaves a declarar estado de emergencia nacional—la primera vez que el país activaba ese mecanismo por una amenaza digital (Collier, 2022). Hubo interrupciones de servicios, parálisis fiscal y semanas de incertidumbre mientras el gobierno, con apoyo internacional, intentaba contener la crisis.
La respuesta de Costa Rica evidenció tanto las debilidades como la resiliencia institucional de un país sin fuerzas armadas ante un ciberataque de gran escala. En ausencia de un comando militar de ciberdefensa, la gestión de la crisis recayó en el Equipo de Respuesta a Incidentes de Seguridad Informática (CSIRT-CR) nacional, y en el Ministerio de Ciencia, Innovación, Tecnología y Telecomunicaciones (MICITT) con el respaldo de cooperación internacional, incluyendo asistencia técnica de Estados Unidos. Se activaron protocolos de contingencia para mantener operativos servicios esenciales, se aislaron redes comprometidas y se fortaleció el monitoreo de infraestructura crítica, con especial énfasis en la protección de la red eléctrica y las telecomunicaciones para evitar efectos en cascada (Revista Summa, 2024).
Después de contener la crisis inmediata, Costa Rica dio pasos decisivos para fortalecer su ciberseguridad. Se aceleró la implementación de su Estrategia Nacional de Ciberseguridad 2017–2021, hasta entonces rezagada, y se iniciaron planes para una nueva estrategia a largo plazo. En 2023, el país lanzó oficialmente la Estrategia Nacional de Ciberseguridad 2023–2027, lo que marcó un giro hacia una planificación más sostenida. Para 2024, analistas locales destacaban avances notables: mayor presupuesto, autenticación multifactorial en sistemas gubernamentales y ejercicios regulares de simulación de ciberataques. Costa Rica también buscó apoyo internacional, uniéndose a iniciativas del Banco Mundial y foros hemisféricos de ciberresiliencia (Revista Summa, 2024).
El caso de Costa Rica demuestra que, incluso sin fuerzas armadas, un Estado puede (y debe) integrar el dominio cibernético en su estrategia de seguridad nacional, movilizando agencias civiles, fuerzas policiales e inteligencia en torno a un objetivo común. La convergencia ciber-física aquí se refleja en cómo un ataque digital afectó severamente funciones físicas del Estado (recaudación fiscal, atención de salud, etc.), y cómo la respuesta involucró tanto medidas técnicas en redes como acciones legales, diplomáticas y de seguridad pública. Para los países latinoamericanos, Costa Rica sirve de ejemplo de la importancia de prepararse ante Ciberamenazas sistémicas: contar con planes de contingencia, claridad en la cadena de mando (¿quién lidera en caso de ciber crisis?) y alianzas internacionales puede marcar la diferencia cuando la infraestructura digital de la nación está bajo asedio.
REPÚBLICA DOMINICANA: CONSTRUCCIÓN DE CIBERRESILIENCIA Y LIDERAZGO REGIONAL
La República Dominicana ha emergido como un actor clave en la ciberseguridad del Caribe, desarrollando una arquitectura institucional sólida y participando activamente en foros internacionales. Aunque posee Fuerzas Armadas, ha delegado la gestión del ciberespacio en entidades civiles, reconociendo la necesidad de coordinación público-privada. En 2018, adoptó su primera Estrategia Nacional de Ciberseguridad (2018–2021), y en 2022 aprobó la Estrategia Nacional de Ciberseguridad 2030, que orienta su visión a largo plazo. El Centro Nacional de Ciberseguridad (CNCS), bajo el Ministerio de la Presidencia, coordina acciones, supervisa la estrategia y responde ante incidentes (Ciberlatan, 2023).
Un hito importante fue la emisión del Decreto 685-22 de Ciberseguridad en 2022, que estableció obligaciones concretas para las instituciones de la administración pública en materia de protección cibernética. Este decreto institucionaliza la notificación obligatoria de incidentes: todos los organismos públicos deben reportar eventuales ciberataques o brechas de seguridad al CNCS y al CSIRT sectorial correspondiente en un plazo máximo de 24 horas. Asimismo, fija principios y lineamientos para elevar la madurez de ciberseguridad en el sector público, exige la adopción de estándares internacionales, la gestión proactiva de riesgos y la compartición de información sobre amenazas. En efecto, la República Dominicana está construyendo una cultura de ciberseguridad gubernamental, con reglas claras y canales formales de coordinación, lo que redunda en mayor integración del dominio cibernético en las operaciones cotidianas del Estado (Ciberlatam, 2023).
Aunque la República Dominicana no ha enfrentado un ataque tan disruptivo como el de Costa Rica, sí ha gestionado incidentes significativos. Entre 2021 y 2022, el CNCS reportó cerca de 980 eventos en instituciones del Estado, contenidos sin consecuencias graves gracias al trabajo del CSIRT-RD y al monitoreo activo de redes (Presidencia de la República Dominicana, 2023). Además, se registraron más de 4 mil millones de intentos de ciberataques, lo que confirma la presión constante sobre la infraestructura digital pública. En 2023, el gobierno lanzó un sistema de alerta automática de vulnerabilidades para instituciones públicas, fortaleciendo la capacidad preventiva del país (Presidencia de la República Dominicana, 2025).
En el frente militar, si bien la ciberdefensa en la República Dominicana es liderada por entidades civiles como el Centro Nacional de Ciberseguridad (CNCS), las Fuerzas Armadas han comenzado a integrar el componente cibernético en su planificación estratégica. Según el ministro de Defensa, teniente general Carlos Antonio Fernández Onofre, la modernización militar desde 2022 ha incluido inversiones significativas en tecnología, inteligencia y mejoras en los controles para fortalecer la ciberseguridad institucional, como parte de un plan amplio de fortalecimiento del aparato militar nacional (Villegas, 2025).
La Estrategia Nacional de Ciberseguridad 2030 (2022), establecida por el Decreto 313-22, reconoce la dimensión de defensa cibernética como un componente estratégico, con responsabilidades compartidas entre el Ministerio de Defensa, el Departamento Nacional de Investigaciones (DNI), y otras agencias relevantes. La estrategia enfatiza la protección de infraestructuras críticas y la prevención del ciberterrorismo mediante políticas coordinadas, capacitación especializada y la integración de estándares internacionales. Estas acciones se complementan con el liderazgo del Centro Nacional de Ciberseguridad (CNCS), que supervisa la implementación general y fomenta la colaboración público-privada para fortalecer la ciberresiliencia nacional.
Además, el presidente Luis Abinader anunció en 2022 una histórica inversión en defensa, que incluyó la adquisición de helicópteros, aeronaves de vigilancia, vehículos blindados, y la instalación de una valla fronteriza inteligente con Haití equipada con sensores, cámaras y drones militares. Aunque no se detalla públicamente, la ciberseguridad de estos sistemas de vigilancia fronteriza presumiblemente forma parte de los esfuerzos integrales para proteger las capacidades tecnológicas del Estado (HaitiLibre, 2022).
Un rasgo distintivo del caso dominicano es su liderazgo regional e internacional en temas ciber. Además de participar en el grupo de la OEA mencionado, la República Dominicana ha sido sede de reuniones hemisféricas de equipos CSIRT (en agosto de 2024 organizó la primera reunión de trabajo para desarrollar un protocolo regional de asistencia inmediata ante crisis cibernéticas) (Presidencia de la Republica Dominicana, 2024b). Tal liderazgo tiene beneficios tangibles: ante un incidente grave, la República Dominicana puede recurrir con facilidad a sus contrapartes internacionales para recibir apoyo técnico; del mismo modo, su voz tiene peso en la discusión de normativas globales sobre estabilidad en el ciberespacio.
La experiencia dominicana demuestra que, incluso con recursos limitados, un país de ingresos medios puede integrar el dominio cibernético en su arquitectura de seguridad si hay voluntad política y una estrategia clara. La Estrategia 2030, el CNCS y normativas como el Decreto 685-22 han establecido un marco institucional exigente. Su proyección internacional revela una comprensión madura del ciberespacio como un entorno interdependiente, donde la cooperación es clave. Para países con condiciones similares, este enfoque resalta la importancia de institucionalizar buenas prácticas, como el reporte de incidentes, y asumir un rol activo en la comunidad internacional de ciberseguridad.
COLOMBIA: MILITARIZACIÓN DEL CIBERESPACIO Y COMBATE A AMENAZAS HÍBRIDAS
Colombia, con un extenso historial de desafíos de seguridad internos (conflicto con guerrillas, narcotráfico, crimen organizado), ha reconocido tempranamente el ciberespacio como un frente más de confrontación contra amenazas tanto estatales como no estatales. A diferencia de Costa Rica o República Dominicana, Colombia ha militarizado en buena medida la gestión del dominio cibernético, creando estructuras dedicadas de ciberdefensa en el seno de sus Fuerzas Militares y articulándolas con sus estrategias de seguridad nacional. Este enfoque se explica, en parte, porque el país ha sufrido no solo ataques cibernéticos del tipo convencional (fraudes financieros, ransomware, etc.) sino también campañas de ciberterrorismo y desinformación vinculadas con actores armados ilegales y con injerencias externas en su panorama de conflicto interno (Pelcastre, 2019).
El pilar de la integración ciber-física colombiana es el Comando Conjunto Cibernético (CCOC) de las Fuerzas Militares, creado oficialmente a inicios de la década de 2010 como primera línea de defensa en el quinto dominio. Su misión es planear y conducir operaciones militares en el ciberespacio para contrarrestar amenazas a la seguridad nacional, desde la protección de redes institucionales hasta el análisis forense digital y la implementación de protocolos de defensa informática (Cruz Rubio, 2021).
Si bien no se han documentado públicamente operaciones ofensivas contra infraestructuras específicas de grupos armados, documentos doctrinales confirman que las capacidades del CCOC incluyen operaciones ofensivas diseñadas para interrumpir, degradar o destruir redes informáticas y sistemas del adversario cuando sea necesario. Estas acciones buscan afectar el normal funcionamiento de las operaciones enemigas, como parte integral del poder militar en el ciberespacio. En contextos de operaciones especiales, incluso se plantea la incorporación táctica de agentes cibernéticos para insertar código malicioso en redes hostiles, lo que permite neutralizar o interrumpir comunicaciones críticas bajo presión operativa (Cruz Segura & Di Genaro, 2024).
Además, el CCOC monitorea redes sociales y espacios digitales para detectar campañas de desinformación o propaganda destinadas a socavar la estabilidad del Estado. Este enfoque responde a la comprensión de que las guerras modernas se libran también con narrativas e influencia sobre la opinión pública. Las operaciones cibernéticas de Colombia, tal como lo definen documentos institucionales, abarcan todo el ciclo de prevención, vigilancia, neutralización y recuperación en caso de incidentes, con un énfasis especial en proteger la infraestructura crítica nacional que sustenta servicios esenciales como energía, salud, telecomunicaciones y defensa (Cruz Segura & Di Genaro, 2024).
Operativamente, el Comando Conjunto Cibernético (CCOC) colombiano se ha dotado de capacidades especializadas en ciberdefensa, incluyendo plataformas tecnológicas, personal entrenado, y coordinación con entidades como colCERT y el Centro Cibernético Policial. Entre sus funciones está proveer ciberinteligencia, proteger infraestructuras críticas y liderar la respuesta ante incidentes que comprometan la seguridad nacional (Mora Gámez, & Baquero, 2022, pp. 125-139). Durante las protestas sociales de 2021, grupos hacktivistas como Anonymous vulneraron sitios gubernamentales clave; la respuesta técnica para mitigar estos ataques involucró al ecosistema de ciberdefensa del país, incluyendo al CCOC en colaboración con otras entidades como ColCERT y CCP (Mora Gámez, & Baquero, p. 127).
Los resultados de esta estrategia se observan en varios planos. Colombia ha logrado frustrar ciberataques significativos y mitigar su impacto. Entre 2017 y 2019, el país registró más de 53.000 incidentes de seguridad informática atribuidos a crimen organizado transnacional (principalmente robo de dinero e identidad), pero gracias a una postura proactiva ("mantener nunca la defensa abajo" en palabras de un oficial), no se han materializado daños catastróficos en infraestructuras críticas (Peleastre, 2019).
En respuesta a la ofensiva del ELN en la región del Catatumbo a inicios de 2025, el Ejército colombiano desplegó 300 soldados con apoyo de la Fuerza Aeroespacial para neutralizar los enfrentamientos con disidencias de las FARC y proteger a la población civil, incluyendo la evacuación de heridos y la asistencia a familias desplazadas (Xinhua Español, 2025). Estas operaciones ofensivas también buscaron controlar corredores de movilidad clave y restablecer la seguridad en centros urbanos como Tibú, epicentro de una de las crisis humanitarias más graves desde el acuerdo de paz de 2016 (SWI, 2025).
En términos normativos, Colombia también ha avanzado: su documento de política CONPES 3701 de 2011 ya delineaba la necesidad de integrar ciberseguridad y ciberdefensa, y fue actualizándose con una Política de Seguridad Digital 2020–2022. Actualmente, se discute en el Congreso el proyecto de ley 023 de 2023 que crearía la Agencia Nacional de Seguridad Digital, con el objetivo de coordinar y centralizar funciones dispersas entre el Ministerio de Defensa, la Policía Nacional, la Fiscalía y otros actores institucionales, optimizando la respuesta del Estado ante incidentes cibernéticos (Mejía Marulanda, 2024). De lograrse, esta agencia civil se complementaría con el Comando Conjunto Cibernético ya existente, fortaleciendo el ecosistema nacional de ciberseguridad.
En conclusión, Colombia ofrece un ejemplo de integración ciber-física como parte de una estrategia de defensa nacional consolidada. El país ha desarrollado capacidades multimisión en el dominio cibernético, usándolas tanto para proteger sus infraestructuras y redes gubernamentales como para apoyar operaciones contra amenazas tradicionales (guerrilla, terrorismo, crimen organizado). Al tratar al ciberespacio como otro frente de su prolongado conflicto interno, Colombia ha innovado en tácticas conjuntas, combinando acciones cinéticas con operaciones en línea. La experiencia colombiana ofrece lecciones útiles para países que enfrentan amenazas híbridas, al subrayar el valor de contar con unidades especializadas, fusionar inteligencia digital y convencional, y adaptar la doctrina militar a la realidad del conflicto virtual.