FUNDAMENTOS CONCEPTUALES Y RELEVANCIA ACTUAL DE LA SEGURIDAD HUMANA
Comprender las nuevas amenazas a la seguridad humana en América Latina exige revisar críticamente los pilares conceptuales, la evolución histórica del enfoque y su resignificación en contextos específicos. La noción de seguridad humana surge como respuesta a las limitaciones del paradigma clásico centrado en el Estado y la defensa militar, enfocado exclusivamente en amenazas externas y conflictos armados, insuficiente para abordar los riesgos contemporáneos. Lejos de tratarse de una categoría estática, la seguridad humana ha ido ampliando sus contornos teóricos a partir de realidades marcadas por la interdependencia global, las asimetrías estructurales y los efectos concretos de la inseguridad sobre las personas y comunidades.
El Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD (1994) constituye el punto de partida más reconocido del concepto. Este informe propone situar a las personas —y no a los Estados— en el centro del análisis y la protección, desplazando la atención desde amenazas externas y armadas hacia riesgos cotidianos como la pobreza, la exclusión o la represión política. El enfoque se articula en torno a siete dimensiones interrelacionadas: seguridad económica, alimentaria, sanitaria, ambiental, personal, comunitaria y política.
Esta arquitectura multidimensional propuesta por el PNUD mostró que la inseguridad no es una excepción, sino una condición estructural derivada de múltiples vulnerabilidades sistémicas (Tadjbakhsh & Chenoy, 2007). En 2012, la Asamblea General de las Naciones Unidas (mediante la Resolución 66/290) consolidó esta perspectiva, definiendo la seguridad humana como un enfoque centrado en las personas, adaptado a los contextos y orientado a la prevención, que integra paz, desarrollo y derechos humanos (Asamblea General de Naciones Unidas, 2012).
Autores clave en el campo de los estudios de seguridad han contribuido a ampliar los fundamentos del enfoque de seguridad humana. Johan Galtung, al introducir el concepto de violencia estructural, sentó las bases para comprender que las amenazas a la seguridad no se reducen a actos de violencia directa, sino que también se manifiestan en estructuras sociales que generan pobreza, exclusión y desigualdad sistemática. En esta línea, el enfoque de seguridad humana retoma dicha perspectiva al considerar que la inseguridad puede derivarse de factores económicos, sociales o políticos naturalizados en el orden institucional (Galtung, 1969).
Por su parte, Barry Buzan y la Escuela de Copenhague aportaron el concepto de securitización, al señalar que las amenazas no son objetivas per se, sino construidas socialmente a través de discursos políticos que legitiman medidas extraordinarias (Buzan, 1991). Esta visión crítica resulta esencial para comprender cómo, en América Latina, ciertos problemas como la migración o la criminalidad han sido securitizados, desplazando respuestas centradas en los derechos humanos por otras basadas en la coerción. Ambos enfoques permiten trascender una visión reduccionista de la seguridad y nutren la perspectiva multidimensional que plantea la seguridad humana.
Los informes recientes del PNUD (2022, 2024) alertan sobre una "paradoja del progreso": pese al desarrollo económico en muchos países, la percepción de inseguridad y la vulnerabilidad emocional se han intensificado. Este fenómeno evidencia la necesidad de replantear el contrato social desde una perspectiva centrada en la protección integral de las personas.
VISIONES Y DEBATES: ENFOQUE AMPLIO VS. RESTRINGIDO
El debate sobre la seguridad humana ha girado en torno a dos visiones predominantes. La visión amplia (freedom from want) promueve un concepto holístico que incorpora dimensiones socioeconómicas, ambientales y culturales del bienestar humano, adoptada por Japón y respaldada por el PNUD. Desde esta perspectiva, las amenazas incluyen no solo la violencia física, sino también la pobreza, las enfermedades, el deterioro ambiental y otras formas de vulnerabilidad (Alkire, 2004). En contraste, la visión restringida (freedom from fear), promovida por Canadá, se enfoca en la protección frente a amenazas directas como los conflictos armados, el genocidio o el terrorismo (Bajpai, 2000).
Los críticos de la visión amplia argumentan que su extensión conceptual dificulta su operativización y medición, pero enfoques integradores como el de la Comisión de Seguridad Humana (2003) han buscado articular protección y empoderamiento. Esta formulación sostiene que los Estados deben garantizar condiciones que permitan a las personas desarrollar sus capacidades en contextos de paz y libertad, y que la comunidad internacional tiene la responsabilidad de actuar cuando los Estados no cumplen esa función (ICISS, 2001).
PERSPECTIVA LATINOAMERICANA Y APORTES RECIENTES
En América Latina, el enfoque de seguridad humana ha sido adaptado a contextos de inseguridad cotidiana, marcados no por guerras interestatales, sino por conflictos internos vinculados al crimen organizado, la violencia urbana, la exclusión estructural y la degradación ambiental. Esta adaptación ha dado lugar al enfoque de "seguridad ciudadana", centrado en el control del delito y la protección de las personas, pero con frecuencia limitado para abordar las causas estructurales de la violencia (Sorj, 2005). Así, dimensiones como la seguridad ambiental, sanitaria o económica han quedado rezagadas frente al enfoque punitivo.
Según el Real Instituto Elcano (Malamud & Núñez, 2024), aunque América Latina alberga solo el 8% de la población mundial, concentra cerca del 30% de los homicidios globales, la mayoría relacionados con el crimen organizado. Además, el 76% de los ciudadanos teme ser víctima de un delito, incluso en países con tasas de homicidio relativamente bajas (Latinobarómetro, 2024). Estas cifras reflejan una percepción generalizada de desprotección, que exige políticas territorializadas, culturalmente sensibles y construidas desde las realidades locales. La seguridad humana, en este contexto, requiere reconocer la intersección entre violencia directa, desigualdad estructural y debilidad institucional.
A diferencia de modelos universales o tecnocráticos, las políticas de seguridad deben ser territorializadas y culturalmente adaptadas, incorporando la voz de actores locales y de poblaciones históricamente excluidas. A nivel regional, la Declaración sobre Seguridad en las Américas (OEA, 2003) marcó un hito al incorporar un enfoque multidimensional, reconociendo amenazas no solo militares, sino también sociales, ambientales y económicas, como los desastres naturales, la corrupción, el narcotráfico y la migración forzada. Esta visión ha sido retomada en políticas que integran seguridad y desarrollo.
Desde el ámbito académico y técnico, se han realizado aportes fundamentales para analizar las particularidades de la región. Hurrell (1998) propuso entender América Latina como un espacio donde coexisten zonas de estabilidad con focos persistentes de alta conflictividad, desafiando la idea de una región homogéneamente pacífica y evidenciando los riesgos asociados a la exclusión y la debilidad institucional.
Más recientemente, investigaciones como las del Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado (en adelante OECO) (2023) advierten que Ecuador enfrenta amenazas simultáneas de origen interno y externo, en un entorno marcado por la fragmentación estatal y la expansión de economías ilícitas. Las disputas entre organizaciones criminales por el control de rutas y territorios han intensificado la violencia armada, generando impactos directos en la gobernabilidad y el tejido social. El informe subraya que el crimen organizado tiene efectos negativos en las dimensiones política, económica y social, profundizando la inseguridad.
En la misma línea, un estudio conjunto realizado por el Centro de Estudios de Defensa Hemisférica William J. Perry, la Universidad de las Fuerzas Armadas – ESPE y la Universidad Andina Simón Bolívar, estos dos últimos centros académicos ecuatorianos, documenta cómo el debilitamiento institucional interno en Ecuador se ve agravado por redes transnacionales de narcotráfico y capitales ilícitos (Rodríguez et al., 2024). Estos hallazgos refuerzan la idea de que la inseguridad en América Latina no puede comprenderse como un fenómeno aislado, sino como una manifestación de dinámicas interdependientes que articulan factores estructurales, geopolíticos y territoriales.
Una contribución clave desde América Latina ha sido la visibilización de experiencias de seguridad construida "desde abajo", donde comunidades locales, redes de mujeres, pueblos indígenas y organizaciones sociales despliegan prácticas de protección, resiliencia y cuidado colectivo ante el abandono estatal. Este protagonismo territorial y comunitario desafía las visiones verticales del concepto de seguridad (Gómez, 2012), y promueve la democratización de sus prácticas y discursos (PNUD Costa Rica & HDH, 2011).