LA DOCTRINA MILITAR
En primer lugar, hace falta destacar el carácter constitucional de las Fuerzas Militares, y de su papel dentro del ordenamiento más allá del conflicto armado. Es decir, la razón de ser y existir de las Fuerzas Militares, no se limita a librar el conflicto armado con las guerrillas. Por lo tanto, es absurdo suponer su supresión o eliminación so pretexto de que se ha llegado a un escenario en el que todos los grupos insurgentes han sido disueltos de forma definitiva. Las tareas de defender la Constitución, “la integridad territorial y la soberanía nacional” (Constitución Política de Colombia, 1991, artículo 217) no desaparecen por mérito del éxito del actual proceso de paz, ni se olvidan por mérito de que el conflicto interno persista.
En todo caso, aún con una paz estable frente a los grupos insurgentes, seguirán existiendo diferentes amenazas a la población, la economía, la infraestructura y el ambiente (narcotráfico, terrorismo, contrabando, tráfico de personas, minería ilegal, etc.). En otras palabras, en un país con tantas complejidades sociales, aún sin guerrillas, seguirá siendo necesaria la guerra hacia el combate de otras formas de crimen.
En el caso del Ejército, existe una Doctrina Militar, que es el conjunto de principios de acción que, bajo el mando de las autoridades civiles, definen la acción del Ejército a manera de ideas-fuerza y frente a las cuales se obtiene una noción de “victoria”. La doctrina es una guía para la acción, mas no un conjunto de reglas fijas. Establece un marco común de re-
ferencia para resolver problemas militares, al tiempo que establece fundamentos “tácticas, técnicas y procedimientos” (Mejía Ferrero, 2017, p.90).
Las nuevas realidades que suponen la paz permanente con las guerrillas ciertamente son razón poderosa para adelantar el replanteamiento de dichos principios. El énfasis ya no puede estar en el control territorial exclusivamente militar en un escenario de hostilidades con insurgentes. Sin embargo, hace falta ver que tal énfasis está impregnado profundamente en la cultura institucional del ejército. Un cambio doctrinal supone un cambio de visión de la victoria como el éxito en el combate a las guerrillas hacia algo distinto, que no será muy claro para la gruesa mayoría del personal military.
En efecto, durante décadas el Ejército de Colombia basó su organización, entrenamiento, y preparación profesional en el método del combate irregular, cuyo principal fin era “ganar un espacio en el terreno, logrando deslegitimación del adversario, la protección de la población civil y sus bienes, la protección de los recursos del Estado, el debilitamiento organizacional y la derrota de los grupos insurgentes que amenazaran la nación. Esas han sido las bases de la Doctrina Militar, y son el alma del pensamiento de los soldados de Colombia hasta la actualidad. Bajo esta concepción, un comandante estaba obligado a tener una visión cuantitativa de ciertas variables (ver figura 1) para el desarrollo del análisis militar de una situación dada, con el único propósito de retomar el control del territorio.
Nota: Figura 1 - Desarrollo del análisis militar de una situación dada. Variables a considerar en desarrollo de operaciones militares con visión táctica- cuantitativa [1]
El documento que más claramente desarrolló este enfoque es el Reglamento de Operaciones y Maniobras de Combate Irregular EJC 3-10-1. Bajo el enfoque de esta reglamentación, desde el momento mismo de su planificación, las operaciones eran conducidas de manera bastante primaria, y solamente para garantizar el control de un área determinada y derrotar al adversario en cuanto a su estructura armada y sus fuentes de financiamiento. Los comandantes a todo nivel fueron dotados de una percepción estrictamente operacional de la situación del país, donde lo primordial era garantizar la integridad del territorio nacional y el orden constitucional a través de las armas.
Consideraciones estratégicas relacionadas con el aporte de esa intervención militar a la construcción de paz, a la seguridad alimentaria, o a la articulación institucional han estado totalmente ausentes del lenguaje y el pensamiento militar. Esta doctrina, tan largamente practicada, hizo muy difícil que los comandantes se hicieran sensibles al contacto con la población civil. Con ello, para el militar ha resultado imposible auto percibirse como una fuerza social influyente en la realidad de las personas en cuyo territorio intervenía. Por eso mismo, no resultaba atractivo, ni para la institución ni para quienes la integraban, capacitarse en conceptos o herramientas que tuvieran el desarrollo social de los pobladores como elemento central.
EL EJÉRCITO Y SU TRADICIÓN CONTRAINSURGENTE
Para comprender la razón por la cual la Doctrina Militar ha consolidado esta cultura de pensamiento, hace falta reconocer que durante décadas el Ejército de Colombia se haya concentrado en actividades de “contra-insurgencia clásica”. Ésta, es entendida como el conjunto de teoría y prácticas desarrolladas en los contextos de guerras de liberación na-
cional (1944 – 1982), la cual constituyó un paradigma dominante durante la segunda mitad del S. XX (Kilcullen, 2006, p.111). Hubo un tiempo en el que se decía que la contrainsurgencia¹ era de interés solo para los historiadores. Pero con la gran densidad de conflictos dentro de la categoría de “guerra irregular” y la llamada “guerra contra el terrorismo” post 9/11, los métodos clásicos contrainsurgentes ganaron renovada atención académica.
Si bien es posible diferenciar una insurgencia “moderna” de una “clásica”, para el caso colombiano el enfoque clásico es completamente relevante por tratarse de un conflicto bajo el esquema de rebelión contra el statu quo de un Estado en funcionamiento. En él, no resulta viable ni la toma del control del Estado por parte de los rebeldes, ni la separación de una porción del territorio con fines de gobernarlo creando un Estado independiente. En el mundo, habrá muchas expresiones no clásicas de las insurgencias, tales como aquellas que surgen tras la caída de un estado fallido, aquellas “de resistencia” frente a la invasión de una coalición de países, u otras en las que la insurgencia representa el statu quo y la contrainsurgencia el cambio revolucionario. Pero ninguno de ellos es el caso colombiano.
Sin embargo, la insurgencia colombiana actual recoge importantes características no clásicas que surgen de ciertos efectos de la globalización. Es el caso de los esquemas de cooperación insurgente trasnacional², así como el impacto de las comunicaciones basadas en Internet sobre variables de las guerrillas tales como financiamiento, promoción y publicidad de su causa rebelde, comunicación clandestina, inteligencia, así como el
desarrollo de su agenda internacional. Otra característica no clásica del caso colombiano puede ser el fenómeno paramilitar que hasta cierto punto rompe la relación binaria guerrilla rebelde – Estado, así como la coexistencia de múltiples guerrillas con ideales revolucionarios no completamente compatibles entre sí.
En una perspectiva general, es posible establecer características de una concepción contrainsurgente más actual, que describa mejor la actuación del Ejército colombiano en el S. XXI, a partir del abordaje de dos frentes teóricos: El primero, que la insurgencia no es un concepto históricamente estático, de modo que en la medida que la insurgencia moderna resulte históricamente evolucionada y diferenciada, habrá necesidad de reinterpretar la concepción de contrainsurgencia. El segundo, que las características de una insurgencia determinada dependen de las características del Estado al cual disputa el control del territorio.
Al revisar ambos frentes en un contexto colombiano, según Kalivas (2006), se encuentra, por una parte, a una insurgencia fundamentalmente clásica, claramente jerarquizada y con líderes plenamente visibles, que interactúa con la población de manera predecible bajo el esquema control – colaboración y que basa su accionar en unidades militares capaces de pasar de la defensiva a la ofensiva, contrarrestados por fuerzas de seguridad especializadas para la ofensiva local y regional. Siendo insurgencias originadas medio siglo atrás en el pasado, se ven naturalmente impregnadas por algunos caracteres no clásicos propios de los tiempos modernos, pero con
servando su carácter clásico y ajustándose a la teoría de la contrainsurgencia clásica.
Por otro lado, se encuentra a un Estado – Nación de características clásicas en lo que al Estado moderno se refiere; sensiblemente dé- bil en muchos aspectos, pero suficientemente bien constituido para no ser un estado fallido; con muchas dinámicas de ilegalidad simultá- neas que lo hacen particularmente complejo, pero finalmente clásico en lo que respecta a la contrainsurgencia. El conflicto colombia- no ha sido, fundamentalmente, de guerrilla y Estado clásicos.
Es de destacar que algunos aportes desde los llamados nuevos paradigmas de la contrain- surgencia moderna resultan también suma- mente “clásicos” en el sentido que describen múltiples líneas de acción contrainsurgente que, en el caso colombiano, llevan décadas de implementación por parte de las Fuerzas Militares. Dicho de otro modo, en el caso co- lombiano, estos llamados “nuevos paradig- mas” (Kilcullen, 2006, p. 9) no constituyen marcos teóricos verdaderamente novedosos.
Es el caso del control de un ecosistema de conflicto complejo, caracterizado por la ne- cesidad de poner orden en todo un conjunto de intereses creados en torno a la violencia,³ y no tanto en la de derrotar a un único adver- sario insurgente. Igualmente, el enfoque de la contrainsurgencia política, en la que cada operación militar se adelanta en una perspec- tiva estratégica absolutamente política que trasciende lo militar, en la que los resultados de las operaciones pueden tener repercusio- nes internacionales, inclusive⁴. También lo es
la actitud military contrainsurgente de conten- ción permanente ante la realidad de que difí- cilmente se llegará a un escenario de victoria militar definitiva sobre las guerrillas. Todos esos elementos pueden encontrarse arraiga- dos en el Ejército colombiano desde la década de los 80 del siglo XX.
Del hecho de que la acción de las Fuerzas Militares colombianas sobre las guerrillas se ajuste al marco teórico de la contrainsurgen- cia clásica, se desprende la situación de que la Doctrina Militar se haya ajustado, precisa- mente, a las necesidades de dicha dinámica. Con esto claro, a partir de la comprensión de los cambios en el entorno social y polí- tico, pueden comprenderse los cambios de Doctrina que actualmente se adelantan, así como sus motivaciones y retos.
HACIA UNA CULTURA DE PENSAMIENTO ESTRATÉGICO
Al revisar la guerra como una labor política, se evidencia que la concepción estratégica de la guerra es la que determina el éxito o fracaso de las operaciones. Esto, porque la guerra no solo trata de derrotar al enemigo. “En realidad, la guerra trata de crear el orden social y político cuando los sistemas de orden del pasado se han desintegrado, o han sido intencionalmente destruidos por la fuerza militar” (Schmidt, 2014, p. 2). La estrategia militar eficaz exige que el rol de las fuerzas enemigas sea considerado en un contexto de orden social y político más general. Toda planificación operacional válida depende de esta claridad estratégica. En realidad, el derrotar a una fuerza enemiga no es el objetivo estratégico de ninguna guerra.
El verdadero objetivo estratégico es recrear un orden estable que pueda ser sostenido sin una significativa participación militar constante del vencedor en el campo de batalla. El derrotar a los enemigos militarmente tan solo es un prerrequisito de la victoria estratégica, no su conclusión. Es posible que algo que en el campo de batalla es llamado “victoria”, rá-
pidamente pueda condenar al fracaso las probabilidades del éxito estratégico.
La “victoria” entendida desde la óptica de la Doctrina Militar de mayor tradición en el Ejército de Colombia, solo establece las condiciones para el orden social y político transformativo que llega después de que los acuerdos de paz con las guerrillas se hayan decantado con éxito. Llegados a este punto, y sin menoscabo del principio military de abstenerse de intervenir en actividades o debates de partidos o movimientos políticos, un comandante militar competente debe ver en la guerra una labor política⁵. Es preciso identificar como falsa aquella tesis que sostiene que son los militares los encargados de ganar la victoria, mientras que los actores civiles son los encargados del “trabajo político” de preservarla. “La guerra es una labor política:
Las Fuerzas Armadas —especialmente los ejércitos— son herramientas que se usan para hacer el trabajo fundamental de la política” (Schmidt, 2014, p.4). La fuerza bien dirigida determina quién sentará las bases del orden social y político cuando las estructuras de poder son inexistentes o han dejado de funcionar. Ciertamente, el poder de la fuerza militar en manos de comandantes que desconozcan este elemental principio es algo muy peligroso. La guerra, como actividad política, debe ser luchada sin perder de vista su racionalidad y fines últimos, en función de los cuales deben tomarse todas las decisiones.
En este proceso de toma de decisiones, es necesario destacar que la cultura del Ejército es de profunda tradición tecnocientífica, en la que los elementos cuantitativos tienden a tener un mayor peso específico en el proceso de toma de decisiones militares, y donde los aspectos tácticos acaparan la mayor parte de la atención: número de efectivos, cantidades y rendimiento de armas, posicionamiento en el terreno, movilidad, suministros, comunicaciones, etc. Esta concepción busca maximizar la probabilidad de éxito en todo enfrentamiento al minimizar los riesgos y administrar la dinámica de las variables involucradas a partir del control y previsibilidad que ofrece la aplicación de la estadística, la logística y la teoría de probabilidades, entre otras herramientas de descripción matemática.
Esto funciona bastante bien cuando se trata de combatir la insurgencia y la criminalidad como enemigos del Estado con diferentes niveles de organización; de hecho, es un enfoque que difícilmente será abandonado en tanto siga siendo necesario el desarrollo de operaciones militares. Sin embargo, la guerra exige una mentalidad cualitativa porque la guerra es un fenómeno social. Por lo tanto, el logro de una paz estable en Colombia demanda comandantes militares que comprendan la política profunda y sistemáticamente, y que conviertan al Ejército Nacional en una herramienta estratégica exitosa para los fines políticos de paz que persiguen las autoridades civiles. La manera de hacerlo es comenzar a pensar en el contexto y establecer el rol que juega la capacidad military en dicho contexto con las otras variables de la construcción de la paz.
De esta manera, el MANDO TIPO MISIÓN supone la concreción de la nueva Doctrina Militar, que presenta el cambio del concepto de “control militar de área” al de “control social del territorio”, el cual pone de manifiesto el pensamiento military cualitativo, donde los métodos de las ciencias sociales constituyen herramienta promisoria para la institución military.
Nota: Figura 2 - Mando Tipo Misión. Variables a considerar en desarrollo de una operación military, permitiendo la iniciativa disciplinada [1, 2].
Al efectuar el análisis de la situación desde esta perspectiva, hay un mejor conocimiento de la situación nacional y del contexto en el que se desarrollan las operaciones militares, haciendo posible alinear el desarrollo de cierta misión con el conjunto de la política gubernamental y la legislación vigente. A partir de esta visualización se da origen a las operaciones terrestres unificadas, con el fin de permitir a los comandantes “considerar combinar
Nota: Figura 3 - Toma del mando y el control del territorio. Operaciones Terrestres Unificadas. Mando Tipo Misión en desarrollo del componente de Seguridad Integral – Pese a la paz con las FARC (o con todas las guerrillas) persiste la necesidad de la toma de mando y control del territorio que esté manos de agentes criminales de cualquier índole.
Esta nueva visión obliga al dominio de un arte del diseño military muy comparable al arte de los formuladores civiles de política pública: planificación - preparación - ejecución - evaluación para un adecuado mando. Así, el comandante dará importancia a los aspectos civiles del ambiente operacional, junto con los parámetros establecidos en el análisis
de la situación ya antes mencionado. Esto se traduce en el desarrollo de una “consciencia situacional” por parte de un comandante competente. A partir de esta consciencia, la naturaleza ofensiva military se orienta hacia las necesidades de la población civil, permitiendo unas operaciones que, si bien estarán dotadas de todas las características y atributos
RETOS DE LA INSTITUCIONALIDAD MILITAR FRENTE A LA NUEVA DOCTRINA
Pasar de un paradigma de control del territorio, a veces temporal, y exclusivamente por vía de las armas, a uno de construcción de sociedad y territorio desde la presencia military, supone un reto muy fuerte para la cultura del Ejército. Si bien el surgimiento de la nueva Doctrina Military se reconoce como una realidad objetiva, y como una respuesta natural a las nuevas realidades de la paz con la subversión, es necesario reconocer que existe una muy poca claridad, cuando no una total incertidumbre, frente a qué estrategias y acciones han de adelantar para convertir esta Nueva Doctrina en hechos ciertos que transformen la cultura del Ejército.
A partir de lo anteriormente explicado, se identifica una fortaleza military en las operaciones de contrainsurgencia, así como una notable debilidad en las consideraciones estratégicas dentro del proceso de toma de decisiones militares, especialmente en el más alto nivel. La necesidad es establecer un claro nexo entre la estrategia y la táctica operacional, de modo que las acciones tácticas no sean “rueda suelta”, divorciadas de los grandes lineamientos, sino que todas las veces se capitalicen en un éxito estratégico y en un aporte claro al logro de los objetivos del Estado.
El reto tiene que ver con la cultura de formación military. Frente a ello, el cambio curricular de la instrucción military es un claro acierto, pero que bien pude quedarse corto si no se tiene claro cuál es el perfil del comandante military de Colombia en los escenarios
que se aproximan, a saber: en los escenarios de postconflicto: ESTABILIZACIÓN (2014-2018) – TRANSICIÓN (2018-2022) – CONSOLIDACIÓN (2022-2030).
Se trata de un comandante military profundamente conocedor de la realidad social del país y sus regiones, diestro en el manejo de las herramientas tecnocientíficas que hacen las operaciones militares más eficientes y costo-efectivas; pero también es un military conocedor de las herramientas de las Ciencias Sociales, que le permiten usar el pensamiento estratégico en ambientes institucionales y operacionales en distintos niveles. A partir de ese conocimiento, adquiere un educado tacto político, que le capacita para ubicarse en el contexto social, económico, geográfico y military propio del territorio en el que deba intervenir.
Es un profesional capaz de construir conocimiento sobre un problema desconocido y que aprovecha esta comprensión para crear un planteamiento general respecto a la resolución de problemas, no solo militares, sino sociales. En ese sentido, es un formulador de política pública, capaz de diseñar soluciones en permanente contacto con la población civil, quien constantemente cuestiona sus suposiciones y comprueba los límites de sus conocimientos.
La línea de acción del Ejército, bajo su nueva configuración demandará algunas competencias específicas, a saber:
1. En Innovación social: Exige conocimiento de la identidad cultural, tradiciones e idiosincrasia de aquellas comunidades que serán impactadas por la acción military en un territorio determinado, así como un compromiso ético irrenunciable de respe-
to hacia todos estos elementos. También, exige sensibilidad social para diagnosticar las potencialidades de cada territorio en términos de recursos naturales, y actividades económicas sostenibles que permitan desarrollar el territorio, en respeto a la visión de desarrollo de cada comunidad en cada territorio. Y fundamentalmente exige capacidad de relacionamiento con la población para poder acercarse a su realidad y a partir de ello sintonizar las acciones militares tanto armadas (operaciones militares) como no armadas (construcción de infraestructura, desarrollo de proyectos productivos, asistencia social, etc.).
2. En Acción unificada: Exige capacidad de interacción y relacionamiento con las diferentes instituciones del Estado. En este aspecto, puede ser deseable un cierto grado de especialidad sectorial según diferentes necesidades de desarrollo de cada territorio: una cosa es asistir la conectividad a Internet; otra, aumentar la cobertura de saneamiento básico, y otra diferente, la asistencia técnica agropecuaria. En este sentido, la ventaja comparativa del Ejército es tener la capacidad de llegar a territorios alejados a los que la oferta institucional del Estado difícilmente llegaría por sí sola. Si bien no se espera que sea el Ejército la institución experta en todos los sectores, sí puede ser el mejor agente articulador de los esfuerzos del Estado, especialmente en los territorios donde la presencia estatal no armada ha sido históricamente poca o nula. De esta manera, la presencia military puede traducirse en agente de reducción de las brechas sociales y de desarrollo de los territorios donde opera.
3. En Seguridad integral: Es la capacidad mejor desarrollada en el Ejército Nacional, frente a la cual solo cabría agregar aquellas
competencias que mejoren la presencia y el perfil del Ejército en el plano internacional a través de, por ejemplo, la adopción de estándares OTAN y los métodos de articulación con otras fuerzas militares continentales y hemisféricas en el plano geopolítico y geoestratégico.
La única manera de lograr un perfil y competencias así es a través de una agresiva estrategia educativa que asigne oficiales en los programas doctorales de las universidades de primer nivel en Ciencias Sociales, formulación de Proyectos, e Innovación Social. Los estudios de Maestría pueden ayudar también, pero la Nueva Doctrina Military demanda de sus oficiales, en el fondo, la capacidad de generar nuevo conocimiento, así como de dominar herramientas y metodologías de investigación en Ciencias Sociales aplicadas.
De allí, puede identificarse el perfil del co- mandante military para el postconflicto co- lombiano: aquel que sin perder de vista la tradición contrainsurgente del Ejército, sea altamente capaz de combatir amenazas a la seguridad y el territorio, pero que adicional- mente sea también un líder social y un agen- te de progreso para la región donde adelanta su actividad military. Este liderazgo debe estar apuntalado por una concepción estratégica de la guerra como fuerza de creación del or- den social y político, y por una comprensión de que su misión, en última instancia, es el sostenimiento de ese orden sin su constante intervención military. Éste, ha de ser un orden próspero en el que desde la seguridad se logre la tranquilidad que permita el desarrollo de la población civil en su pleno potencial econó- mico, cultural y social.