Cuando se observa la guerra cómo un fenómeno eminentemente humano, se manifiesta lo mejor y lo peor de la naturaleza humana, reflejando tendencias sociales que se traducen en estrategias convencionales y no convencionales. En este plano, el ideal estratégico es la racionalidad y el equilibrio emocional que conduce a la victoria con el menor derramamiento de sangre y pérdida de recursos posible. En lo opuesto, una mente y un cerebro agobiados por la emoción, enraizada en el pasado sin ver el presente y, que no puede ver el mundo con claridad, producirá estrategias erradas (Greene, 2020) con una alta probabilidad de ser derrotada.
Cuando Sun Tzu señaló que “el supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin combatir” (Griffith, 1971), no sólo expresaba una forma distinta de ver la guerra. El sentido de la frase plantea que, la clave para imponer la voluntad sobre un adversario sin emplear la fuerza letal está en el cerebro y la mente humana¹ que, a través de procesos cognitivos complejos hace sentir a su adversario que enfrentarlo por medios militares y/o no militares conlleva un precio tan alto que no se está dispuesto a pagar (Sabater, 2023). A riesgo de ser redundante, se dice entonces que, siendo el cerebro y la mente los que controlan las acciones humanas, en ellos está la llave de la victoria o la derrota en un conflicto.
Miles de años después, cuando el General André Beaufre en su obra *Introducción a la Estrategia* (1977) plantea citando a Foch que, “la esencia de la estrategia yace en el juego abstracto que resulta de la oposición de dos voluntades”, y luego agrega que, la estrategia es el “arte de la dialéctica de las voluntades que emplean la fuerza para resolver su conflicto”, (p. 18) se refiere a que en un conflicto, la voluntad de un individuo o un pueblo enfrentado otro, se genera en la mente y el cerebro de los seres humanos.
Refiriéndonos a Von Klausewitz (2002), se encuentran en su Trinidad elementos directamente vinculados al cerebro y a la mente humana. El ciego impulso natural que conduce al odio y a la violencia, el juego del talento y del valor en el dominio de las probabilidades del azar que depende del carácter del comandante en jefe de las fuerzas militares y, la definición de los objetivos políticos que incumben al gobierno, se generan primero en la mente humana antes de transformarse en estrategias y decisiones que requerirán de la disposición, tenacidad y energía individual y colectiva para materializar la imposición de la voluntad sobre el adversario y, con ello, el logro de la victoria.
En la vida diaria y, aún más en el conflicto y su expresión más extrema, la guerra, la incertidumbre es una constante. Bachs (2016) la define como una situación en la que se desconoce el resultado final, y tampoco se puede predecir en término de probabilidades objetivas. A su vez, según la Organización Internacional de Normalización (ISO, 2018), la incertidumbre es definida como un estado de conocimiento limitado o falta de certeza que impide describir con exactitud la situación existente o un resultado futuro, y por tanto, la planificación de la toma de decisiones. En relación con ello, Morin (2010) plantea que la condición humana está marcada por la incertidumbre cognitiva, que obedece a tres principios de incertidumbre en el conocimiento: El cerebral, donde el conocimiento nunca refleja lo real, porque el cerebro lo traduce y lo reconstruye provocando riesgo de error; el psíquico, donde el conocimiento de los hechos es producto de la interpretación de la mente y, el epistemológico, que resulta de la crisis de los fundamentos de la certeza en filosofía y de la ciencia. Por ello, conocer y pensar no es llegar a una verdad absolutamente cierta, sino dialogar con la incertidumbre.
Todo lo planteado, conduce a abordar el conflicto con una perspectiva que se aleja de las miradas más comunes. Así entonces, al estudiar la guerra contemporánea, no se puede evitar observar que su evolución está mostrando un rápido desarrollo a partir de los nuevos escenarios que han surgido progresivamente junto a la multipolaridad derivada de la aparición de actores estatales y no estatales que, junto con cuestionar el statu quo, están incrementando la incertidumbre al generar un entorno operativo complejo y cambiante, obligando a su vez a redefinir el campo de batalla. Tal vez se estaría frente a la necesidad de proponer nuevos desarrollos conceptuales y estructurales en el diseño de las fuerzas, a fin de enfrentar con eficacia las amenazas actuales. Qué duda cabe, que en esta situación el desafío inmediato es ver formas distintas de pensar y hacer la guerra.
Respecto a este desafío inmediato, volviendo un instante a Sun Tzu (1971), Beaufre (1977) y Von Clausewitz (2002), se constata que el cerebro y la mente humana serían elementos decisivos al momento de enfrentar los desafíos que impone un conflicto, pero que no son factores únicos y aislados porque forman parte de un todo que dan sentido a la manera de pensar y hacer la guerra. En este sentido, también la incertidumbre es un factor que está presente como un fenómeno que afecta la mente incidiendo en las percepciones, creencias y juicios de las personas.
En este marco, aproximarse al concepto de dominios de la guerra, conduce al surgimiento de las operaciones multidominio, lo que impone ampliar su valoración que aproxima a la realidad compleja que implica el desarrollo de los conflictos actuales, donde las variables presentes en ellos y sus interacciones dan cuenta de las dificultades que se presentan al emprender los estudios teóricos y, más aún, en la aplicación práctica al momento de enfrentar y prevalecer en determinado conflicto, a través del logro de los objetivos establecidos por la política derivados de los intereses que cada país protege.
Junto con los cuatro dominios definidos por su entorno (terrestre, marítimo, aéreo, espacial y el ciberespacio que los conecta), lo cognitivo se considera un nuevo dominio que opera a nivel global por efectos de la conexión digital, que utiliza la tecnología de la información junto a herramientas, máquinas, redes y sistemas que la acompañan. Su campo de acción es la mente y el cerebro humano individual y colectivo donde se busca alterar o engañar a los integrantes de un gobierno, a la clase política y económica, a los miembros de las Fuerzas Armadas, y a la sociedad completa de un país o grupo de países en un tipo de agresión que no tendría límites.
1 Aunque tienen diferencias, el cerebro y la mente son dimensiones interconectadas siendo imposible separar la una de la otra. En el hecho, es común que se utilicen como términos intercambiables. El cerebro es el órgano físico encargado de las funciones cognitivas y corporales, mientras que la mente es el conjunto de procesos mentales y experiencias subjetivas que emergen de su funcionamiento. Entender esta distinción es fundamental para comprender cómo trabajan los seres humanos, y cómo las emociones, pensamientos y comportamientos están profundamente influenciados por la interacción entre ambos.